Volumen 15, No. 1, Art. 2 – Enero 2014

Violencia y masculinidad: una aproximación narrativa al problema de la violencia contra adolescentes varones

Nicolás Schöngut Grollmus

Resumen: Este artículo aborda las diferentes construcciones de la masculinidad que hacen adolescentes víctimas de maltrato físico, por quienes se han constituido como modelos de masculinidad para ellos en algún sentido. Este artículo se enfoca en las prácticas de la violencia y el poder, que intentan mantener la estructura patriarcal, y consecuentemente la subordinación femenina y de las masculinidades no hegemónicas. En el caso de ciertas formas de violencia contra los adolescentes las prácticas de dominación se hacen explícitas, en tanto las formas de violencia manifiesta responden a legitimaciones de la subordinación y del poder. En el ejercicio de la violencia, los adolescentes víctimas de ésta quedan situados como masculinidades subordinadas. De ahí que el análisis de las masculinidades construidas por adolescentes en este contexto, a través de la construcción de narrativas, pueden dar cuenta de la relación poder-resistencia en la sociedad patriarcal, entre construcciones de masculinidad hegemónicas y no hegemónicas.

Palabras clave: adolescencia; masculinidad; violencia; producciones narrativas

Índice

1. Introducción: Relación entre violencia, género y adolescentes

1.1 La violencia contra los adolescentes como un problema de investigación

1.2 ¿Por qué es relevante hablar de violencia contra adolescentes?

2. Objetivos

3. Metodología: la narración como una forma de comprender lo social

3.1 El estudio de caso: alcances y consideraciones

3.2 El conocimiento por medio de narrativas como crítica al conocimiento tradicional

3.2.1 ¿Cómo construimos una narrativa?

3.2.2 ¿Cómo trabajar con narrativas en el contexto de una investigación?

4. Metanarrativas

4.1 Primera metanarrativa: la construcción de identidad(es) masculina(s)

4.1.1 Sobre el binarismo, la sexualidad y la compartimentalización del género

4.2 Segunda metanarrativa: masculinidad, poder y resistencia

4.2.1 Algunas discusiones sobre la masculinidad hegemónica, contextos y límites de la noción

5. Reflexiones finales

Agradecimientos

Notas

Referencias

Autor

Cita

 

1. Introducción: Relación entre violencia, género y adolescentes

No constituye ninguna novedad decir que la violencia en sus distintas variantes se ha convertido en un importante tema, tanto para las ciencias sociales como para las ciencias de la salud durante las últimas décadas, pues detrás de esta aseveración es posible encontrar una gran cantidad de estudios e investigaciones que describen y comprenden los efectos que el ejercicio de la violencia entre los individuos, tienen para sí mismos y para los otros (MARTÍNEZ & FAGALDE 2007). La violencia de género, en su vertiente más mainstream, ha sido narrada en una forma unidireccional donde son los hombres quienes la ejercen contra las mujeres. Esta forma de narrar la violencia de género ha estado especialmente en el ojo del huracán: el auge de los feminicidios y el impacto que generan en la crónica roja de los medios, la aparición de programas de ayuda a la mujer maltratada, las campañas publicitarias de prevención contra la violencia machista y la legislación que se genera en torno a la protección de quienes son sus víctimas, son algunas de las formas que nuestro entorno social ha generado para hablar de la violencia de género a partir de la marcada visibilización. Sin embargo hay formas y tipos de violencia que muchas veces no generan el mismo impacto mediático, dentro de las cuales se puede identificar la violencia contra los adolescentes, la que muchas veces queda sumergida e invisibilizada dentro de otras definiciones de violencia, como sucede con la noción de violencia intrafamiliar, que es capaz de absorber otras problemáticas dada la potencia social y judicial de la construcción social del significante familia. [1]

A partir de estas consideraciones, en este trabajo recojo las narrativas de dos adolescentes que han sido víctimas de violencia física y psicológica al interior de sus hogares. En primer término expongo la definición del problema que ha permitido estructurar transversalmente esta investigación, para continuar con algunos aspectos metodológicos que se presentaron durante su desarrollo. Así en última instancia aparece la presentación de dos metanarrativas construidas a partir de las narraciones de los dos adolescentes que participaron de la investigación que da origen a este artículo. [2]

1.1 La violencia contra los adolescentes como un problema de investigación

MARTÍNEZ y FAGALDE (2007) definen la violencia (sin apellido) como un intento de coerción de un sujeto sobre otro, al cual se pretende borrar o anular en su diferencia; de ahí que el ejercicio de la violencia supone la desigualdad entre sus partes, y que como consecuencia, en la violencia de género puede suponerse una desigualdad de género según la posición que cada sujeto ocupe en el mapa social a partir de las consecuencias psicosociales de la diferencia sexual. Vale decir: no todo género es igual, no todo género ocupa un lugar hegemónico. La sociedad patriarcal se ha encargado, en un trabajo milenario, de naturalizar las consecuencias de la división sexual masculino/femenino, categorías socioculturales, y desde ahí gestionar los diferentes roles que performamos en "la realidad": hombres cognitivamente superiores, mujeres esencialmente afectivas, como si la anatomía tuviera un destino subjetivo directo (GUASCH & VIÑUALES 2003). La violencia de género no tiene que ver con una direccionalidad específica de su ejercicio (de hombres hacia mujeres como sugiere su definición más tradicional). Una comprensión adecuada, desde el punto de vista que pretendo trabajar, trasciende estos conceptos pues suponen una causalidad lineal en la violencia de género, naturalizando el origen de ésta y reforzando el papel de víctimas de las mujeres. Para definir la violencia de género como tal debemos fijar nuestra mirada y nuestra escucha en los discursos y las prácticas que legitiman la violencia en pos de un determinado orden social (HERNÁNDEZ, VIDIELLA, HERRAIZ & SANCHO 2007). [3]

El ejercicio de la violencia de género supone una práctica del poder: mantener las diferencias socioculturales asignadas a cada sexo cuando pareciera que se transgrede la normativa social, cuando se desafía al poder. El ejercicio de la violencia puede ocurrir de dos maneras:

"No hay más que dos formas de retener a alguien, el don o la deuda. Las obligaciones abiertamente económicas que impone el usurero o las obligaciones morales y las ataduras afectivas que crea y mantiene el don generoso; en resumidas cuentas, la violencia declarada o la violencia simbólica" (BOURDIEU 1991, p.212). [4]

La violencia encubierta o violencia simbólica se instituye a través de la adhesión que el dominado se siente obligado a conceder al dominador cuando no se le ha permitido pensar sobre sí mismo, haciendo que la relación parezca natural (BOURDIEU 2000). [5]

Por otro lado aparece el "recurso de urgencia" cuando la violencia simbólica falla: la violencia declarada, que pretende retomar el control desde un sometimiento explícito, impuesto desde la exterioridad al propio sujeto dominado: el golpe, la exclusión, la muerte (BOURDIEU 2000). La violencia de género, tanto en su versión simbólica como declarada, es un proceso constante que intenta mantener la estructura social del patriarcado y sus desigualdades (RAMÍREZ 2005). Para que esto pueda suceder no solo es necesario perpetuarla de forma heterogénea, vale decir, de hombres a mujeres unidireccionalmente, sino también a través de mecanismos homogeneizantes de la feminidad y de la masculinidad que permitan gestionar el control de hombres y mujeres para el cumplimiento de la norma patriarcal. [6]

Es en este contexto que pude fijar mi atención en un tipo de violencia de género específica, que no ha sido descrita necesariamente desde estas consideraciones: la violencia contra los adolescentes varones, ejercida por quienes son modelos de masculinidad para ellos. Esto podemos entenderlo como el conjunto de prácticas discursivas y materiales que intentan homogeneizar los procesos de subjetivación del adolescente respecto a masculinidades normativas, especialmente la violencia física y la violencia sexual. Primero porque éstas conllevan otras formas de violencia explícitas y encubiertas, y segundo por ser las dimensiones más explícitas y socialmente condenadas de la violencia de género durante los últimos años (MARTÍNEZ & FAGALDE 2007). En particular, la violencia contra los adolescentes ocurre tanto en espacios públicos como en espacios que se han definido tradicionalmente como íntimos y privados: la familia y el hogar (MENKES & SUÁREZ 2006). Al significar la violencia dentro del hogar como algo privado, no se le expone como un problema social, dificultando cualquier intervención de carácter preventivo, de intervención o reparatoria. Esto es relevante especialmente en el caso de adolescentes varones, quienes han adquirido una concepción naturalizada de la violencia, por lo tanto ésta no es abierta ni discutida en el espacio público, pues son consideradas como "cosas de hombres", un significante que cierra cualquier espacio de problematización posible. Asimismo, es significativo poder realizar una mirada socio-crítica respecto a cómo "se aprende" el género dentro de la familia, que incluye las formas de violencia que pueden darse dentro de ésta, pues existe una adopción o rechazo de valores familiares sobre el género, que CONNELL (1995) llama momento de compromiso [moment of engagement], y que es determinante para la reproducción de modelos de masculinidad hegemónicos o para diferenciarse de éstos. Especialmente cuando algunos de los principales modelos de masculinidad que los jóvenes tienen están dentro de ese espacio, como reflejo de aquello que los hombres pueden y no pueden hacer (MESSERSCHIMDT 1999, 2000). [7]

En el caso particular del ejercicio de la violencia contra adolescentes varones como una práctica del poder, y el poder siempre se da en un contexto relacional, se puede decir que "donde hay poder hay resistencia, y no obstante (o mejor: por lo mismo), ésta nunca está en posición de exterioridad respecto del poder" (FOUCAULT 1987, p.68). Mutuamente implicadas, las resistencias son diversas, distribuidas de manera irregular, éstas pueden entenderse como las prácticas discursivas y materiales que permiten al sujeto desprenderse, pensarse a sí mismo en la construcción de nuevas formas y prácticas de subjetivación (FOUCAULT 1987). [8]

Cuando la violencia es ejercida por quien representa un modelo de masculinidad para el adolescente, con el objetivo de construir una forma de masculinidad específica, ésta se convierte en un ejercicio de poder. Frente a esto, en la violencia contra los adolescentes, incorporando la dimensión del género, las resistencias consistirían en prácticas, discursos y formas de pensarse a sí mismo que permitan la construcción de masculinidades heterogéneas y/o alternativas a la propuesta hegemónica, y que intenten diferenciarse de ésta. [9]

1.2 ¿Por qué es relevante hablar de violencia contra adolescentes?

Pese a la condena social que hoy se hace a la violencia, condena que genera muchísimo ruido mediático y reacción desde ciertas instituciones, pareciera que ésta se queda únicamente en un nivel discursivo muy superficial, más similar a un eufemismo que a una verdadera transformación, pues todavía existen muchísimos dispositivos que la legitiman y la hacen funcionar: las apologías de la violencia a través de la guerra, la naturalización de nuestros impulsos, solo por nombrar algunos. [10]

La relación violencia y masculinidad no es una relación natural ni esencial, sino que "parte del significado de la masculinidad, parte de la forma en que los varones han medido, demostrado y probado su identidad" (HERNÁNDEZ et al. 2007, p.105). Esta relación se encuentra en los orígenes del problema: en cómo la sociedad normaliza la masculinidad hegemónica y desde ahí intenta producir procesos de subjetivación para "el resto", intentando eliminar los espacios y lugares que permitan a los individuos pensarse a sí mismos, para mantener determinada posición del poder. [11]

Por ello es importante hacer una aproximación cautelosa a la investigación respecto de la violencia de género, porque precisamente el problema incluye dimensiones que "no son solo la acción de dominio, control, sometimiento y agresión física, verbal o simbólica, de alguien contra alguien, en contra de su voluntad" (p.104). Vale decir que el problema no es solo la opresión de un grupo determinado de individuos (las mujeres, los homosexuales, las lesbianas, etc.), porque la violencia de género no recorre una sola dirección; por el contrario una definición así silenciaría y ocultaría a otros actores que ejercen otras formas de violencia de género. Por ello es necesario pensar nuevas formas y nuevas definiciones en la relación violencia, masculinidad y género, ya que esta relación – que a ratos parece tan natural – trasciende a los individuos que las ejercen y las reciben (HERNÁNDEZ et al. 2007). [12]

Frente a lo anterior, el objetivo de este artículo es difractar el impacto que la violencia en adolescentes varones tiene en sus construcciones de género, específicamente en la masculinidad, cuando la violencia es ejercida por quienes son modelos de masculinidad para ellos en el ámbito doméstico. Esto implica, en primer lugar, entender que la violencia de género se puede ejercer fuera de su concepción tradicional, la cual se entiende como de forma unidireccional y de hombres hacia mujeres. Esta etiqueta que se le pone a la violencia cuando recorre esta dirección, es útil en términos de intervención y regulación, especialmente en instancias donde se necesitan límites y categorías simples como puede ser el ámbito y la tipificación de delitos. Sin embargo es significativo volver a recordar que la violencia ocurre porque ha sido legitimada una y otra vez por la estructura patriarcal, dado que en ésta se constituyen las bases históricas para la violencia social (CANTERA 2004). Es por ello que las clasificaciones de la violencia solo son meras construcciones del contexto donde ésta ocurre – marital, familiar, escolar, en la pareja, entre las más populares. Es en las costuras y límites que aparecen entre estas clasificaciones adonde debemos dirigir nuestra mirada, si lo que se pretende es encontrar los efectos y lo que produce el haber vivido o experimentado la violencia física, sexual o psicológica, cuando se la ha teñido con los colores de la masculinidad. Por todo esto es necesario pasar de la violencia intrafamiliar, a la doméstica y a la violencia de género, en diferentes direcciones y en distintas oportunidades, para encontrar en ella los hilos invisibles del poder y la dominación que la permiten y justifican. [13]

En segundo lugar es importante recalcar que la consideración de la categoría género, en el análisis de la violencia hacia los adolescentes, permite incorporar nuevos elementos: por un lado, en los procesos de subjetivación de éstos, y por el otro en la comprensión de las formas de dominación machista. La violencia de género puede ser pensada no solo como una forma de someter a las mujeres, sino también de reproducir formas de masculinidad específicas que se necesitan para la perpetuación de la sociedad patriarcal. El análisis de las construcciones de masculinidad y de las posibles resistencias, como se ha dicho anteriormente, se pueden entender como las formas que pueden producir los adolescentes para pensarse a sí mismos fuera de los modelos hegemónicos de masculinidad, podrían aportar al desarrollo de estrategias que apunten hacia una mayor igualdad entre las distintas construcciones de género que puedan aparecer. [14]

2. Objetivos

Los objetivos de este artículo circulan en torno a dos dimensiones distintas pero articuladas entre sí, del problema de investigación recién planteado. En primer lugar, el objetivo es comprender las construcciones de masculinidad que hacen adolescentes varones víctimas de violencia de género, por quienes son modelos de masculinidad para ellos. La idea es explorar los sentidos que los adolescentes que participaron de la investigación le dan a la masculinidad, desde la metáfora de la difracción. ¿Qué entendemos por difractar esas comprensiones de masculinidad? El meta-lenguaje del conocimiento a menudo ha recurrido a metáforas de la luz para explicar su funcionamiento (ver la alegoría de la caverna de Platón o la influencia del proyecto de la Ilustración en el desarrollo científico). De esta forma, el imaginario científico positivista ha sido poblado de nociones relativas a reflejar, aclarar y transparentar nuestros "objetos de investigación" (HARAWAY 1999), vale decir, metáforas que suponen la observación de un objeto tal cual es, produciendo únicamente el desplazamiento de "lo mismo" que se encuentra en ese otro cuerpo. La difracción, a diferencia de lo refractario, no supone la devolución de una imagen idéntica y fiel al objeto. Tampoco implica una forma de transparencia donde los objetos son atravesados por la luz. La difracción es la desviación de un rayo luminoso al tocar un cuerpo opaco, así lo que vemos no es el reflejo idéntico del objeto, sino el efecto de la acción difractaria del cuerpo opaco. Al utilizar la metáfora de la difracción trabajamos bajo al menos dos suposiciones: que ni el lenguaje ni el sujeto son transparentes, y que lo percibido en ellos son los efectos del desplazamiento que se produce de aquello que construimos en tanto lo observamos (HARAWAY 1999). [15]

3. Metodología: la narración como una forma de comprender lo social

En palabras de JOVCHELOVITCH y BAUER (2005), no existe experiencia humana alguna que no pueda ser representada a través de una narración. Ésta es una forma de organizar y dar cuenta de nuestras experiencias en el mundo y con los otros, pues permite reconstruir lo que nos ha pasado y buscar explicaciones para ello. Una narración no es un mero reflejo de una historia individual o colectiva, sino las expresiones que éste (o éstos) pueden tener frente a temas y fenómenos que son de su interés (BIGLIA & BONET-MARTÍ 2009; MARTÍNEZ- GUZMÁN & MONTENEGRO 2010). Una narrativa refleja cómo un individuo experimenta los sucesos a su alrededor y cómo los significa (ATTANAPOLA 2005). En este sentido, la construcción de una narrativa, en virtud de los objetivos de este artículo, ofrece a adolescentes que han sufrido violencia física la posibilidad de dar cuenta de su conocimiento, opiniones y percepciones de los procesos de género a los que se enfrentan cotidianamente, a partir de su propia historia y la manera en cómo la narran y la significan. [16]

Es por esto que el trabajo de campo y la recogida de información se realizaron a través del estudio de caso de dos producciones narrativas construidas por dos adolescentes que han vivido violencia física, entre otros tipos de violencia, al interior de sus hogares. El primer texto corresponde a la narrativa construida por Mario, un joven de 18 años que fue, durante su infancia y adolescencia, víctima de violencia física severa por parte de su padre. El segundo caso es el de Fabio, quien fue víctima de violencia física y sexual por parte de un primo mayor con quien convivía él y su familia. Al momento de la entrevista, ambos jóvenes participaban hace al menos un año de programas de atención enfocados a reparar el daño psicológico y social, producto de sus experiencias como víctimas de violencia. De esta forma, y en diálogo con las profesionales a cargo de los programas, se ha intentado activamente evitar cualquier forma de victimización secundaria en los jóvenes participantes. Asimismo, las entrevistas fueron llevadas a cabo por profesionales de los respectivos programas, que tuviesen conocimiento del caso pero que no fuesen sus terapeutas principales, como forma de evitar sobreentendidos que pudiesen ser producto de trabajos de largo plazo. [17]

Con esto en consideración, en este apartado metodológico pretendo trabajar dos aspectos que van articulados en el desarrollo de esta investigación: en primer lugar, las implicancias de realizar un estudio de caso desde una perspectiva cualitativa de la investigación, vale decir, cómo pueden afectar algunas de las consideraciones políticas y epistemológicas de ésta, y en segundo lugar las particularidades de realizar producciones narrativas en este contexto. [18]

3.1 El estudio de caso: alcances y consideraciones

¿Qué es el estudio de caso? Para comprender esta opción como parte de la metodología, en primer lugar es importante considerar que el estudio de caso permite a la investigadora retener características holísticas y significativas de eventos de la vida real (KOHLBACHER 2006). Vale decir, que el estudio de caso es una forma de hacer investigación empírica más que cualquier otra cosa. Asimismo el estudio de caso es una opción que favorece una investigación que esté sujeta a ciertas condiciones: cuando se privilegia la respuesta de preguntas comprensivas del tipo cómo, cuando la investigadora tiene bajas o nulas posibilidades de controlar los eventos relacionados al problema de investigación, cuando no existe una diferencia clara entre el fenómeno a estudiar y su contexto, y cuando el foco de la investigación se encuentra sobre fenómenos contemporáneos en un contexto cotidiano (KOHLBACHER 2006). [19]

Por otro lado, el estudio de caso introduce ciertas preguntas respecto a las nociones de muestra y representación que aparecen al momento de desarrollar el trabajo de campo en una investigación empírica. En este contexto el estudio de caso recibe fuertes críticas desde las metodologías cuantitativas respecto a la idea de representación, ya que un caso nunca llegará a constituir una muestra. Florian KOHLBACHER (2006) descarta esta crítica en tanto el estudio de caso no pretende generalizar los conocimientos que del caso se pueden desprender a poblaciones o universos, es decir, no intenta hacer una generalización estadística, sino que su objetivo es generalizar y/o desarrollar uno o más conceptos, o sea, la generalización teórica. [20]

Florian KOHLBACHER (2006) considera que el estudio de caso no es tanto una opción metodológica, sino una elección sobre qué es lo que se va a estudiar. Por el método que sea, se decide estudiar el caso. El estudio de caso como estrategia de investigación puede abarcar muchísimos métodos diferentes, que incluso pueden ser cualitativos, cuantitativos o mixtos. Por lo tanto un estudio de caso no se puede definir como un método de investigación en sí mismo, sino a través de su orientación teórica y el interés particular que tenga sobre casos individuales. Es por esto que en el siguiente apartado lo que pretendo es desarrollar los conceptos principales del trabajo con narrativas en el contexto de un estudio de caso. [21]

3.2 El conocimiento por medio de narrativas como crítica al conocimiento tradicional

Usar la construcción de narrativas como una metodología de la investigación, encuentra su origen en una crítica a la concepción tradicional de la ciencia, la cual nos enseña que ésta es una disciplina neutra, autónoma e imparcial. Su neutralidad implica que las teorías no suponen calificación alguna y que tampoco sirven a un valor específico más que a otro. Su autonomía supone que la ciencia progresa mejor cuando no está influida por valores o movimientos sociales, mientras que su imparcialidad supone que la única base para aceptar una teoría es la evidencia (PÉREZ 2008). Los valores de la ciencia son únicamente valores constitutivos, internos y epistémicos, que apuntan a mantener la disciplina como libre de valores que no sean constitutivos de ella, vale decir, los valores sociales, políticos y contingentes (PÉREZ 2008). [22]

Un cambio de paradigma (con sus respectivas consecuencias epistemológicas) tiene que ver con la inclusión de elementos valóricos en el estudio científico. La nueva propuesta feminista de la investigación científica implica algo novedoso, y esto tiene que ver con la acomodación de valores en el trabajo científico, con que éstos pueden tener un influjo positivo en la construcción del conocimiento, siempre y cuando éste quede restringido al contexto del descubrimiento (PÉREZ 2008). [23]

Sin embargo pareciera que esta perspectiva iría en camino a entramparse en la eterna discusión del realismo versus el relativismo en las ciencias. Para HARAWAY (1995), el problema radica precisamente en esta dicotomía. La crítica a la mirada positivista y a la discursivista es que ambas son totalizantes: en la primera el conocimiento no viene de ningún lado, mientras que en la segunda proviene de todos lados, negando así la parcialidad de la mirada y el lugar desde donde se enuncian las narraciones sobre la(s) realidad(es) (BALASCH & MONTENEGRO 2003). La alternativa que se propone desde las epistemologías feministas es localizar el conocimiento desde donde emerge. "La consecuencia de esta asunción es que el conocimiento se producirá mediante la conexión parcial, localizable y encarnada con otras posiciones" (p.45). Las Producciones Narrativas son una vía para acceder a los conocimientos situados desde los lugares y posiciones en que éstos se construyen (MARTÍNEZ-GUZMÁN & MONTENEGRO 2010). [24]

Finalmente pese a que las narrativas, en tanto son una exploración de la individualidad y la subjetividad desde una perspectiva feminista del conocimiento, son fuertemente criticadas por una carencia de representación y confiabilidad, éstas son válidas en sí mismas para comprender cómo determinado individuo, que forma parte de un colectivo, percibe su propio mundo en vez de confiar en las suposiciones de la investigadora1) (ATTANAPOLA 2005). [25]

3.2.1 ¿Cómo construimos una narrativa?

El trabajo con narrativas en el contexto de una investigación corresponde a una metodología cualitativa más bien reciente, que tiene como finalidad problematizar la temática a estudiar en lugar de hacer una reflexión o análisis sobre ésta. Con este objetivo explora los discursos de informantes claves (SANTANA 2010). [26]

Las narrativas están clasificadas como un método de investigación cualitativo. Se les considera como una forma inestructurada de entrevista en profundidad con algunas características propias (JOVCHELOVITCH & BAUER 2005). [27]

Uno de los aspectos más relevantes al trabajar con narrativas es realizar un texto que de voz a los sujetos entrevistados, más que una mera transcripción del diálogo. Para ello la investigadora es un importante activo en la organización, sistematización de la transcripción y creación del relato. "Esta característica de la metodología remite, en primer lugar, a la voluntad de producir un relato; ya que las ideas se presentan organizadas y desarrolladas, cosa que difícilmente se producirá con la estricta transcripción de las conversaciones" (BALASCH & MONTENEGRO 2003, p.45). Las narrativas no son meros "registros discursivos", sino el producto de una encarnación del proceso de construcción de un problema que permite al participante aparecer con su propia voz en el reporte y de forma directa a los lectores (BALASCH & MONTENEGRO 2003). Las narrativas tampoco son meros reflejos de la historia personal del participante, sino las expresiones de éste frente a los temas y los fenómenos que se quieren estudiar (BIGLIA & BONET-MARTÍ 2009; MARTÍNEZ-GUZMÁN & MONTENEGRO 2010), éstas reflejan cómo el individuo experimenta los sucesos que ocurren a su alrededor y cómo los significan desde un determinado momento de su historia. En este sentido, las narrativas de adolescentes que han sufrido violencia física por parte de quienes han sido modelos de masculinidad para ellos, debieran dar cuenta de su conocimiento, opiniones y percepciones de los procesos de género a los que se enfrentan cotidianamente, a partir de su propia historia y la manera en cómo la narran y la significan (ATTANAPOLA 2005). [28]

En lo que corresponde a la construcción de las narrativas que se utilizaron para este artículo, se realizó una primera sesión de trabajo con cada participante que consistió en una entrevista en profundidad, estructurada a partir de determinados ejes de discusión2) y la posición del participante respecto a éstas (MARTÍNEZ-GUZMÁN & MONTENEGRO 2010). Como hemos mencionado, esta primera sesión de entrevista – la más extensa – fue llevada a cabo por profesionales de los programas de atención psicosocial en el cual se encontraban insertos los participantes, bajo las condiciones previamente explicadas. Una vez finalizada la entrevista, la transcripción de los relatos fue llevada a cabo por la investigadora. Este proceso, a diferencia de otras técnicas de recolección de datos, no es una transcripción ad verbatim. Los relatos que aparecen en la entrevista han sido narrativizados por la persona investigadora, utilizando sus propios recursos lingüísticos, construyendo así una primera versión de la producción narrativa (BALASCH & MONTENEGRO 2003). Este texto fue devuelto a los jóvenes participantes por medio de las profesionales que llevaron a cabo la primera entrevista. En una segunda sesión presencial los participantes pudieron editar y corregir los textos, hasta que las narrativas expresasen la posición que los participantes deseaban sostener frente al fenómeno estudiado, dando su aprobación explícita respecto a los textos. [29]

Es importante considerar que si bien la propuesta original de las producciones narrativas de BALASCH y MONTENEGRO (2003) considera que éstas se construyen en un contexto participante/entrevistadora, en el contexto de esta investigación esta relación se configuró en una relación triangular, en la cual la relación participante/investigadora quedó mediada por el rol de la entrevistadora, como una suerte de garante ético en la relación de los participantes con el proyecto de investigación. [30]

3.2.2 ¿Cómo trabajar con narrativas en el contexto de una investigación?

Dado el carácter epistemológico que tienen las narrativas, éstas no son analizadas en el sentido tradicional del trabajo cualitativo, vale decir, no pasan por un proceso de análisis temático, de contenido o del discurso, pues en las narrativas no hay nada oculto o que descubrir que esté escondido entre las líneas del texto, lo que éstas intentan es hablar de las experiencias del sujeto desde el sujeto, y no sobre éste (MARTÍNEZ-GUZMÁN & MONTENEGRO 2010). [31]

En este caso cada narrativa se construye de forma individual en el contexto de la relación entrevistador/a – informante. Cada narrativa es un texto que tiene valor en sí mismo, cuyo objetivo no es narrar las historias de otros, "sino narrativizar el diálogo que se ha producido en nuestras intersecciones y, favorecer que las narrativas puedan ser transformadas y/o subvertidas por otras subjetividades y colectividades" (BIGLIA & BONET-MARTÍ 2009, p.6). Cada narrativa es un caso individual que se construye al mismo tiempo que se analiza. De ahí que no existe un análisis a posteriori de las narrativas, se trabaja desde ellas y no sobre ellas (MARTÍNEZ-GUZMÁN & MONTENEGRO 2010). Una vez terminadas, las narrativas son usadas para la construcción de metanarrativas: "relato que genera una explicación amplia y envolvente del fenómeno, capaz de abarcar pequeños relatos, discusiones, matices, etc." (p.3). [32]

En este artículo, las metanarrativas fueron construidas en torno a dos problemas relevantes para éste, la masculinidad por un lado y la masculinidad hegemónica, el poder y la resistencia por el otro, quedando así las metanarrativas definidas de la siguiente manera: [33]

Una primera metanarrativa aborda las construcciones de masculinidad que los adolescentes participantes formulan para sí mismos como también para el otro, no solo desde el contenido de éstas, sino que, al mismo tiempo, incorporando las dinámicas y trayectorias que han llevado a la producción de su subjetividad. De esta forma se pretende dar cuenta de cómo las contingencias históricas de violencia que estos adolescentes han vivido, los han llevado a producir determinados conocimientos sobre lo que es y lo que implica la masculinidad. [34]

Cuando se pretende abordar una idea o un concepto tan abstracto en un comienzo, y a veces tan manipulado, como lo es la noción de construcción en la psicología social, se corre el riesgo de confundirla con otras nociones que en un comienzo podrían parecer similares, pero que luego de un análisis profundo, no tienen relación alguna. Para el primer objetivo de esta investigación, difractar las construcciones de masculinidad que hacen algunos adolescentes víctimas de violencia, tal peligro podría aparecer en relación a la noción de identidad, en tanto pareciera sumamente atractiva la posibilidad de homologar una construcción social de la masculinidad con una identidad masculina. Mientras que la idea de construcción social pretende dar cuenta del carácter no-natural de determinadas cuestiones que en su momento parecieran serlo – el sexo y la raza por ejemplo –, la noción de identidad, en cambio, se puede entender como un aspecto interno de la persona que determina su continuidad a través del tiempo (BUTLER 1990). La identidad es también una construcción, que precisamente se hace dentro del discurso y no fuera de él, y que por ende, se debe considerar la producción de la identidad como dentro de ámbitos históricos concretos, mediante estrategias enunciativas específicas (HALL 2003). Por esto es posible incorporar lo que de la masculinidad se produce en torno al significante identidad, pero tomando en cuenta estas consideraciones, a riesgo de que el olvidarles implicaría caer en el determinismo de la identidad y personalidad como objetos de estudio de un psiquismo a priori a la producción del sujeto, descartando otras dimensiones significativas como puede ser lo social. [35]

Al hablar de una identidad de género, en este caso de una identidad masculina, se aborda el problema de cómo la identidad genera un ideal normativo (BUTLER 1990), de esta forma reconstruir las condiciones en que el ideal de masculinidad se ha construido para el sujeto, es a la vez una reconstrucción de las claves socioculturales que producen ese ideal. Pese a que el concepto de identidad está sometido a una importante crítica debido a su irreductibilidad y a la psicologización que produce respecto al sujeto, el concepto sigue en uso ya que no ha sido superado por uno de mayor utilidad y tampoco existen otros conceptos distintos que puedan reemplazarlo (HALL 2003), por lo tanto "no hay más remedio que seguir pensando en ellos, aunque ahora sus formas se encuentren destotalizadas o deconstruidas y no funcionen dentro del paradigma en que se generaron en un principio" (p.12). De esta forma, acercarse a la construcción de una identidad masculina, es también comprender la construcción de la masculinidad en sí para el sujeto que habla respecto a ella. [36]

Asimismo una segunda metanarrativa abordará las temáticas respecto a la concepción de la masculinidad hegemónica de los participantes de la investigación. Para hablar de masculinidad hegemónica se deben incorporar los distintos discursos y prácticas sociales que definen una jerarquía basada en el sistema sexo/género (AMUCHÁSTEGUI 2006). La noción de hegemonía es siempre relacional, en tanto que la dominación de un grupo, colectivo, categoría, etc., solo es posible en tanto sea siempre de un uno sobre un otro (RAMÍREZ 2005). La hegemonía, especialmente en un contexto de género, se plantea siempre en una dimensión relacional, en tanto responde a una superioridad social que se adquiere a través del conflicto de diferentes fuerzas, conflicto que se extiende más allá de la pura fuerza bruta y que alcanza desde la forma en cómo la sociedad organiza sus procesos culturales hasta la vida privada de sus individuos (CONNELL 1987). La superioridad lograda de un grupo de hombres sobre otro a punta de pistola o a través de la amenaza física, social o psicológica, no constituye una hegemonía en la definición de CONNELL. La hegemonía masculina es la superioridad que se enmarca en la doctrina religiosa, en la ideología política o social, en el contenido de los medios de comunicación masivos, el diseño de los hogares, las políticas de bienestar de los estados, etc. (CONNELL 1987). La hegemonía masculina no es la superioridad lograda por la fuerza, como si lo es una ascendencia lograda por la capitalización social de ciertos atributos vinculados a determinado colectivo, que permite, avala y legitima el uso de la fuerza sobre grupos e individuos que se encuentren sometidos por quienes sostienen el modelo social hegemónico. [37]

Acercarse a estas relaciones de dominación/subordinación desde una perspectiva de género, implica comprender las condiciones en que esa relación se ha configurado. A partir de estas propuestas, en esta metanarrativa pretendo dar énfasis en cómo se produce y legitima la relación de dominación cuando se da por medio de la violencia desde la perspectiva de los participantes, así como también las formas en que los adolescentes que han participado intentan resistir a estas formas de dominación, e intentan configurar sus propias prácticas de la masculinidad. [38]

4. Metanarrativas

4.1 Primera metanarrativa: la construcción de identidad(es) masculina(s)

Las narrativas de Fabio y Mario logran dar cuenta de ciertos aspectos que ellos denominan como identitarios, en alguna medida, de su masculinidad. Fabio señala como una característica esencial en su proceso de construcción de la masculinidad la capacidad de movilizar una serie de recursos subjetivos para abordar las experiencias traumáticas sufridas en los episodios de violencia que le tocó vivir:

"(...) en mi caso, el ser hombre me llevó a darme cuenta de todas las cosas que habían pasado, para yo poder hablarlo, para yo poder haber contado lo que me había pasado cuando era más pequeño (...) ser hombre para mí se relaciona con ese tema, cuando uno se da la fuerza para saber que es persona también, y que está seguro de lo que uno es" (Fabio). [39]

Para Fabio la masculinidad se produce en un hacer y en un actuar, en su caso particular tiene que ver con la acción de superar una experiencia terriblemente traumática. Él es capaz de construir el género, su género, por medio de los mismos actos que a la vez producen y configuran su propia versión de la masculinidad:

"Todo esto que me sucedió me cambió, yo quise ser más, y me ayudó mucho, me sirvió como una herramienta, yo quiero ser hombre, quiero ser un buen hombre en la forma que yo lo entiendo, y cómo yo quiero conformar ese hombre, y cómo yo quiero alcanzar a llegar a ser" (Fabio). [40]

Sin embargo la producción del propio género a través de la "performance" de éste, no es un acto puramente volitivo ni independiente. Performar la masculinidad está sujeto a ciertas prácticas sobre lo que es socialmente esperado de los hombres, demandando una necesidad constante de establecer una diferencia que permita establecerse como tal. Al respecto Mario señala lo siguiente:

"(...) comencé a trabajar a los siete años. Ahí como ayudante en la construcción y después, a los 11, ya sabía hacer cosas como los maestros de albañilería, carpintería, gasfitería. A los 15 sabía leer planos, ya sabía hacer los trabajos que hace un trazador, un arquitecto (...) después me empecé a perfeccionar más en el trabajo y de ser ayudante pasé a ser un maestro y enseñarle a adultos algunas veces. No les gustaba que les enseñara un niño chico, pero igual les enseñaba" (Mario). [41]

Que la masculinidad se constituya por medio de una performación constante en la búsqueda de esta diferenciación del otro, implica al mismo tiempo la producción de asimetrías en las relaciones no solo con el otro género sino que también entre un mismo género. En el caso de Mario, pese a sufrir la violencia del padre y tener que someterse a él, encuentra en esos espacios de sometimiento (entendiendo por éste la obligación que él tiene de comenzar a trabajar a los siete años) donde logra encontrar un espacio social que le permite diferenciarse a partir de su capacidad de aprendizaje y de las habilidades que logra desarrollar en el ámbito de la construcción y la albañilería, rubros tradicionalmente masculinos. De esta manera es posible dar cuenta que la identidad masculina no es única, ni unitaria, ni continua, se produce localmente en relación al contexto en que se encuentre, ya que está siempre planteada en un sentido relacional. Sin embargo el origen de estas identidades pareciera quedar supeditado a una potencia transformadora del propio sujeto en torno a ciertos aprendizajes que éste logra hacer desde el contexto:

"De chico siempre compartí con personas que eran malas. Por ejemplo ladrones, traficantes, estafadores y cosas así (...) Tenían que tener siempre cuidado que no llegara la policía y yo aprendí de los errores de ellos y de algunos errores míos. El modelo para ser hombre, era yo mismo, aprender de la vida y las cosas que me daba. Ese era como el modelo de ser hombre, ser alguien que no cometiera los mismos errores que ellos" (Mario). [42]

En este espacio Mario problematiza la categoría de víctima de violencia como un sujeto pasivo. Mientras esta categoría supone siempre un sujeto que es golpeado, vale decir que vive el acto de la agresión desde la voz pasiva del lenguaje, Mario, en la cita recién expuesta, propone una versión activa de la víctima de violencia, que si bien se encuentra a merced del agresor en tanto existe una desigualdad en la distribución del poder, y desde ahí es que el otro puede legitimar la agresión y la violencia, la forma en que esta agresión se vive y se subjetiva, puede ser transformadora del contexto.

"La violencia que sufrí con él afectó mucho en mi vida. Pero así como me afectó, también me ayudó, por ejemplo, al principio es como siempre las preguntas – por qué a mí, por qué me pasó, no quiero hacer nada en la vida – uno se deprime, y como que en eso afecta más, en el lado emocional y psicológico, es como que después de que te sucede algo, tú intentas como hacerte más el pobrecito (...) Al principio todo es así, porque son juegos que pasan en la mente, y uno piensa que realmente está enfermo, pero al final, yo soy súper auto-crítico, voy asimilando las cosas como para poder ayudarme, si aquí uno no se ayuda, ¿quién más?" (Fabio). [43]

Es la problematización de la categoría de víctima lo que permite a Fabio y a Mario erigirse bajo el significante hombre. Esta acción transformadora se genera en la medida que se produce un cobro de conciencia en relación al daño y al padecimiento de la opresión que el ejercicio de la violencia trae como consecuencia.

"Yo viví mucho maltrato infantil, violencia intrafamiliar, a muy temprana edad, aprendí lo que era bueno y lo que era malo, y la violencia fue el principal factor de lo que era malo, porque mi padre siempre llegaba ebrio a la casa, rompía todo y eso es desde que tengo memoria" (Mario). [44]

Desde ahí construir una masculinidad diferente a la de quien ejerce la violencia, implica estrategias que permitan crear nuevos modelos normativos de masculinidad como nuevas identidades de género alternativas a las que aspirar. Estos modelos normativos, en primera instancia, se pueden entender como puntos de referencia que se constituyen en relación a una masculinidad hegemónica (CONNELL & MESSERSCHMIDT 2005). Estos puntos se establecen como posibles destinos para la masculinidad, pero que operan por medio de una diversidad de estrategias y prácticas. La construcción de un modelo de masculinidad opera como un complejo que va más allá del mero reconocimiento de estereotipos; involucra el reconocimiento de jerarquías internas entre masculinidades, hace explícita la articulación de formas de masculinidad articuladas entre lo local y lo global, aborda problemas relativos a los privilegios y al poder dentro de la sociedad patriarcal, y que al mismo tiempo funciona como un complejo dinámico (CONNELL & MESSERSCHMIDT 2005). La idea de modelo queda atrapada como un proceso de constante reconfiguración que por un lado articula el contexto social de lo hegemónico respecto a la masculinidad, y por el otro la experiencia subjetiva del individuo: el trauma, el deseo, la historia, etc. [45]

En el caso de Mario, su construcción de modelos de masculinidad se producen en torno a la satisfacción de demandas vitales en el entorno familiar, definiendo una forma de performar la masculinidad como "ser hombre es ser alguien maduro, que tiene más responsabilidades, y que ya tiene que estar en el campo laboral, que tiene que hacerse cargo de sus cosas" (Mario), con un hacer que precisamente se orienta hacia esos objetivos:

"(...) he aprendido hartas cosas, como por ejemplo a arreglar cosas como televisores, refrigeradores, DVD, esas cosas electrónicas. Eso lo aprendí porque tenía que saber de todo para sobrevivir, porque si sabía una pura cosa y no había trabajo en eso, era como que me iba a morir de hambre. Era como un método de supervivencia que tenía: aprender de todo" (Mario). [46]

Fabio, aunque en la misma lógica de diferenciarse de esa masculinidad violenta, sitúa sus modelos normativos en un plano diferente al de Mario, donde la masculinidad no está definida por hacerse cargo de las demandas materiales del otro, sino de las afectivas. Fabio pone en una perspectiva histórica ciertos cambios en la construcción de una identidad masculina que determina estos nuevos modelos a los que él apunta:

" (...) con la gente, yo era súper ostra, cerrado con la gente y con los demás, no me gustaba que se me acercaran (...) ahora de mi punto de vista de hombre, creo que hay diferentes aspectos, yo igual, independientemente de todas las cosas, si hay alguien que necesita algo, sea mujer sea hombre, cualquier cosa, trato de ayudarlos. Eso es de hombre, proteger" (Fabio). [47]

La protección del otro como elemento fundamental de una masculinidad construida en un contexto de violencia, incluso abarca el proyecto laboral a futuro de Fabio, quien señala que planea estudiar psicología, una carrera que él vincula a tareas asociadas al modelo patriarcal de la feminidad, como por ejemplo son el cuidado y los afectos. De esta forma esta "característica femenina" de la psicología queda subvertida en tanto el componente de protección que Fabio le supone a la masculinidad, tiñe también el ejercicio clínico de la psicología, interrogando el carácter eminentemente femenino que se le ha dado a la psicología en su contexto. [48]

Cuando comenzamos a abordar el problema de la construcción de la masculinidad, advertimos del problema que la noción de identidad podía provocar en su análisis. Asociada siempre a una reducción psicológica y homologable a ciertos aspectos de la personalidad, la identidad es un concepto que ofrece ciertas resistencias, como lo plantea HALL (2003). Pese a que la identidad ofrece una ilusión de continuidad en el sujeto, si le damos el trato que cualquier construcción social puede recibir, la noción de identidad de género puede abrir algunas discusiones interesantes para pensar el problema de la violencia y la constitución de una masculinidad con los adolescentes que han participado de esta investigación. Judith BUTLER (1990) plantea a la identidad de género en una doble faceta, por un lado puede parecer un aspecto descriptivo de la propia experiencia como un sujeto de género, mientras que al mismo tiempo se establece como un ideal normativo de lo que culturalmente se espera que el sujeto sea y haga a partir de su configuración anatómica. [49]

Cuando Fabio habla de su propia masculinidad, y la compara con lo que se le ha transmitido a nivel familiar/social, es posible apreciar esta doble dimensión de la identidad de género:

"La tradición que el hombre tiene que ser así, como que uno va clasificando y enumerando lo que los hombres hacen, es como escribir una receta de cocina, cuando ponen – haga esto, haga esto, esto y esto, para que obtenga esto –. Pero para mí no es así, para nada" (Fabio) [50]

Esta idea de la receta de cocina resulta particularmente útil para pensar el problema de la identidad como un ideal normativo ¿Qué ocurre con las prácticas que caen fuera de la receta de cocina? ¿Cómo son significadas por el propio sujeto? ¿Qué ocurre con ellas en el espacio social? La identidad entonces puede convertirse en una sutura entre los discursos y las prácticas que tratan de interpelar al sujeto y los procesos que permiten al sujeto construir una narración sobre sí mismo, de esta forma la identidad es un punto de adhesión temporal de distintas posiciones subjetivas que nos construyen las prácticas discursivas del sujeto. La sutura de la identidad funciona más como una articulación con un otro que un proceso unilateral (HALL 2003). ¿Qué puede ocurrir entonces cuando ese otro que necesito para construir la identidad, aparece mediante una relación explícitamente violenta? Para el caso de los informantes que han participado en este proyecto, uno de esos otros convocados aparece en una relación significativa mediada por violencia explícita y de larga data. No son episodios puntuales ni de corta duración, sino relaciones de violencia y de dominación, que se han extendido por largos periodos de tiempo. Para Mario y Fabio esa sutura, por medio de distintos discursos y prácticas, produce una serie de prácticas transformadoras de su contexto. Mario al respecto señala:

"La mayoría de los niños que vivieron violencia intrafamiliar, maltrato infantil, cuando son grandes repiten la historia, pero hay personas como yo que no quieren repetir esa historia (...) para mí, repetir las cosas que hizo mi papá era como convertirme en mi papá, y es lo que más odio, ser como mi papá. Ser diferente a él es como ganar la guerra del universo, no convertirme en él" (Mario). [51]

En su caso el ideal normativo que puede ser la identidad masculina, implica una serie de prácticas de diferenciación respecto al modelo de masculinidad que su padre representa. Para Fabio, sus experiencias como víctima de violencia también suponen la instalación de suturas significativas con ese otro para configurar ese ideal de masculinidad. [52]

4.1.1 Sobre el binarismo, la sexualidad y la compartimentalización del género

Ambas narrativas en algún momento, de una u otra forma, se acercan a la configuración de la sexualidad en el propio cuerpo. Mario interroga y problematiza el cuerpo de los hombres, a través de sus propias experiencias encarnadas respecto a la masculinidad, diversifica lo que se puede entender por un cuerpo masculino.

"Yo aprendí más solo que lo que me enseñaron, porque mi papá es muy machista, un hombre delicado para él es gay u homosexual, así que como yo era más delicado que los otros hombres, creía que yo era gay. Hombre no es alguien que sea bruto, como él cree. Él cree que los hombres son brutos, que para lo único que sirven era para trabajar y la mujer en su casa, haciendo las cosas, esa era como la mentalidad de él, pero yo siempre fui lo contrario, siempre fui como más delicado, me gustaba hacer las cosas, si él me pillaba haciendo aseo o cosiendo ropa creía que yo era gay" (Mario). [53]

Mario ve que su contexto social atribuye la construcción del cuerpo a partir de la división sexual del trabajo: los cuerpos de los hombres se producen en la construcción, en la albañilería, en las tareas consideradas socialmente como pesadas, mientras que los cuerpos de las mujeres se configuran en el trabajo doméstico, que a su vez se consideran implícitamente como tareas livianas. Él sin embargo, circula por un terreno intermedio, donde es capaz de realizar ambas prácticas de forma simultánea, convirtiéndose en un foco de conflicto con su padre, del cual probablemente emergen nuevos episodios de violencia. Problematizar la división sexual del trabajo requiere de un compromiso ético por parte de Mario.

"En el entorno que vivía antes todos hablaban así3), por eso me trataban de raro, y yo le explicaba que no me gustaba ser así, no me gusta ser igual a los demás, me gusta ser diferente, sobresalir entre los demás, no ser igual como ellos. Por eso de repente me dicen 'oye tú, por qué hablas así'. Algunas personas, por mi voz fina me dicen 'oye hablas como mujer'. En el teléfono, contesto y me dicen niña a veces. Igual no me pasa nada con eso, les digo que no soy mujer, que no soy niña. Lo digo riéndome de repente (...) a mí me gusta mi voz, no me gustaría tener una voz más ronca, me gusta como es y si alguno cree que es como de niña, les explico que no es de niña" (Mario). [54]

Mario llega a incorporar características femeninas a la construcción de su propio cuerpo, reconociendo su tono al hablar, la forma de moverse, la manera en que él configura su musculatura, atributos tradicionalmente femeninos, sin perder por eso lo que él significa como una identidad masculina y heterosexual. [55]

Fabio, quien se reconoce a sí mismo como gay, problematiza del binarismo de la sexualidad desde un lugar diferente, deslocalizando la construcción del género en la anatomía como causa y destino.

"(...) uno siempre cuando empieza, es como que piensa – no porque soy homosexual voy a ser más mujer – uno siempre lo lleva todo de la mano, pero no es así realmente. Pueden decir que porque tiene cosas más de mujer, o la hormona más de mujer desarrollada, es como totalmente diferente. Porque una cosa es el género que te gusta, y otra cosa es como tú lo vives, como tú te muestras a los demás, o como las cosas que tú haces independientemente de la atracción física. Lo otro es lo emocional, lo que tú llevas dentro, y cómo tú lo haces notar. Por ejemplo en mi caso, si me costó también darme cuenta y separar todas esas cosas, pero ahora ya está eso arreglado. Soy hombre" (Fabio). [56]

Mientras que Mario propone una mixtura de rasgos para construir una especie de masculinidad integral, Fabio propone una especie de psicologización del género, donde la experiencia es fundamental para producir un sujeto masculino o femenino. Pese a la diferencia en las estrategias de construcción de la masculinidad, ambas narrativas toman un camino en común: la construcción de la masculinidad, como una u otra vía, solo se puede hacer a través de una acción puesta en práctica, la masculinidad debe ser performada de forma constante, a riesgo de diluirse y difuminarse con la idea de un otro, del cual la diferenciación es fundamental para lograr constituirse como un hombre. [57]

4.2 Segunda metanarrativa: masculinidad, poder y resistencia

Cuando se le da una primera lectura a las narrativas de Mario y Fabio, poniendo un foco sobre lo que dicen respecto a la masculinidad y el poder, pareciera que lo que determina la masculinidad hegemónica son ciertos atributos deseables que los hombres deben cumplir. Estos atributos deseables parecen provenir en primera instancia, desde el núcleo familiar y orientado hacia la acción para con este mismo grupo.

"El formato de ser hombre que me enseñaban, para mi ahora es como ser un cavernícola, que lo único que sabía es trabajar, dejar a tu señora en casa, haciendo las cosas y que el hombre llegara a la casa, y no colaboraba en nada, solamente poniendo la plata como lo hacía mi papá y no aportar nada en la casa: no hacer aseo, no cocinar, eso es como ser muy cavernícola" (Mario). [58]

Sin embargo la dominación, y desde ahí la constitución de la hegemonía, no radica en proponer un contenido o un atributo como deseable, vale decir, no es la pura propuesta de un ideal de masculinidad, sino la dominación se estructura en las estrategias desplegadas para orientar las acciones del otro a través de una guía o una imposición a través de la fuerza física. En este sentido Mario identifica en su padre un modelo de hegemonía completamente coercitivo, donde la desobediencia se castiga de forma activa y explícita, sin mediar encubrimiento alguno.

"Si a él no le gustaba la comida que le servía, si no le echaba la sal justa que a él le gustaba, daba vuelta la mesa con los platos, con todo encima. Siempre nos maltrataba físicamente, psicológicamente, buscaba e inventaba un maltrato nuevo para hacernos. Éramos como sus esclavos" (Mario). [59]

En el contexto social en que Mario está inmerso, la hegemonía se establece a través de pruebas de masculinidad que tienen relación con una jerarquía de valores asociados a actividades ilegales como lo son el consumo y venta de drogas, solo por nombrar algunos.

"De chico siempre compartí con personas que eran malas. Por ejemplo ladrones, traficantes, estafadores y cosas así. Los hombres que estaban cerca de mí eran para mí brutos y no inteligentes, querían la cosa rápida, al tiro y fácil. No se daban cuenta que hacer las cosas con paciencia era mejor que hacer las cosas fáciles, como por ejemplo, traficar [drogas] era plata fácil pero dormían mal. Tenían que tener siempre cuidado que no llegara la policía y yo aprendí de los errores de ellos y de algunos errores míos" (Mario). [60]

Así la masculinidad hegemónica se refleja en el éxito económico y la ascendencia dentro de su barrio, como precisamente lo representa su padre, a quien Mario describe de la siguiente manera:

"Le caía bien a harta gente, no sé cómo lo hacía, pero él conocía a harta gente. Siempre era conocido por distintas poblaciones, y era muy respetado, eso yo creo que sería lo que salvaría de él. No sé qué le veían, quizás era por miedo". [61]

Mario interroga esta forma de hacer masculinidad, subvierte los valores que le entrega su contexto social, creando una escala de valores propia que se fundamenta en distintos lugares que se encuentran fuera de ese espacio: el colegio, el deporte, logros académicos, intelectuales, etc. De esta forma problematiza la categoría de masculinidad que le ofrece su entorno y logra producir algunas estrategias de resistencia, las cuales a su vez, le permiten pensar nuevas masculinidades alternativas al modelo hegemónico de su contexto social.

"La forma de demostrar mi hombría es dar cuenta a las personas que a pesar de todo lo que pasé, salí adelante. Enfrenté todo mi temor, y las cosas que me ponían en el camino, difíciles, las pude enfrentar, salí adelante a pesar de que la vida es difícil, que no es fácil para nadie. Por eso demostrar mi hombría es que me vean ahora como estoy, bien, a pesar de todo lo que pasé, que vean, que sepan que yo no seguí el mismo camino que otras personas, por decirlo así más débiles de mente, siguen. Yo nunca quise seguir ese camino y estoy siguiendo mi vida hasta ahora, pienso seguirla siempre y no ser como mi papá, no ser un bruto, y ser más inteligente" (Mario). [62]

La situación de Fabio es distinta. Quien lo agredió no ostentaba una forma de masculinidad que fuese admirada en su contexto ni que tampoco se acercara a los cánones de masculinidad hegemónica.

"A él siempre los papás le daban todo el apoyo, le compraban todo, le daban todo. No hay nada de él que me gustaría repetir en mi vida. Él no llegó a ningún lado. Independientemente de que él me abusó y cosas así, si yo fuera una persona ajena, yo no lo haría tampoco, porque es un delincuente, es drogadicto, no tiene vida, no terminó los estudios, no terminó nada en su vida, y ahí quedó. ¡Yo no lo haría! Porque es todo negativo, no tiene nada que ver con un modelo de hombre para mí" (Fabio). [63]

La relación de subordinación de Fabio respecto a su primo se justifica desde otro lugar, en primera instancia porque no es solo violencia física, sino acompañada también de violencia sexual, y en segunda instancia, porque no se sostiene únicamente en la agresión, Fabio da cuenta de formas de intimidación que se producen de forma indirecta y que están mediadas por prácticas diferentes a los episodios de violencia.

"Cuando era más chico él me atemorizaba, me daba miedo, como vergüenza, como respeto si se pudiera decir. Me intimidaba. Yo ni siquiera lo miraba nada, ahora lo puedo decir. Sentía que se burlaba de mí, aparte que toda mi familia lo ayudaba a él, yo pensaba cosas como – todos lo ayudan – lo ayudaban porque todos intentaban que él saliera de donde estaba metido, yo pensaba – está enfermo – mi mamá lo ayudó bastante. Para mí era como – hablo y va a quedar la escoba – igual después de todo eso, yo lo vi más por mí, ahí decidí hablar. Pero igual él me intimidaba bastante, por las cosas que yo veía que hacía también. Por ejemplo, yo iba a la calle así como en octavo básico, y yo lo veía que estaba asaltando a señoras, fumando marihuana en la esquina, y a mí me daba pavor, yo decía quizás ya no me va a hacer nada, porque ya como está en la casa metido y todo, pero va a mandar a alguien, no sé, vivía aterrorizado" (Fabio). [64]

Así las asimetrías en el poder se producen en este caso por dos motivos. Primero porque el primo de Fabio pareciera ser, durante al menos un tiempo, impune respecto a determinadas prácticas que se encuentran socialmente sancionadas, pero que dentro de su núcleo familiar estarían justificadas y subvencionadas. En segundo lugar pareciera ser que, dado el carácter problemático del primo de Fabio en su entorno, este último pareciera pensar que la denuncia de la situación de violencia y agresión no podría ser soportada a nivel familiar, siendo al menos por un tiempo, más económico para Fabio mantener la relación de subordinación frente a su agresor que problematizar la situación para modificar el contexto social-familiar. [65]

Al mirar el párrafo anterior, es posible dar cuenta de que tanto la impunidad del primo de Fabio respecto a sus conductas delictivas y consumo de drogas, como la mantención de una economía familiar que no es conveniente para sí, están unidas mediante el factor tiempo, según lo denomina Fabio:

"Igual pasó mucho tiempo, ese tiempo no pasó en vano. Si lo hubiera hablado antes, quizás hubiera sido todo peor. Me sirvió haber esperado tanto tiempo. Así me pude dar fuerzas para hablar, yo sabía que iba a haber repercusiones: principalmente mi familia y obviamente deterioros en mi persona, el darme un poco de fuerza para no sentirme tan indefenso. Entonces como que de ahí surge todo. El tiempo me ayudó bastante, a darme cuenta y aclararme a mí mismo – ya Fabio, vas a hacer esto, esto otro, vas a seguir así –. Igual hubieron repercusiones, obvio, pero que el tiempo y los sucesos que fueron ocurriendo, ayudaron a no destruirme tanto, encuentro yo" (Fabio). [66]

El tiempo funciona como una estrategia de resistencia en sí misma, no solo porque la acumulación de tensiones se llega a hacer insostenible en determinado momento, sino que le otorga la posibilidad a Fabio de generar narraciones y relatos respecto a su padecer y a la relación de dominación/subordinación que tiene con su primo. Estas narraciones son las que le permiten hacer de alguna manera la denuncia de las agresiones a las cuales estaba sujeto, cuyos efectos se traducen en el término de estas prácticas de abuso como también el inicio de un proceso de reparación psicológico y social para Fabio. [67]

4.2.1 Algunas discusiones sobre la masculinidad hegemónica, contextos y límites de la noción

Comprendiendo que la noción de masculinidad hegemónica es un concepto principalmente histórico, vale decir, que intenta evitar cualquier tipo de definición trascendental, la búsqueda de las resistencias permite que nos posicionemos desde una perspectiva relacional con respecto al poder, como ocurre con las construcciones de género, evitando una formulación de un concepto o teoría del poder, lo que nos aleja de una posición esencialista y naturalizante de éste (RAMÍREZ 2005). En el caso de los participantes de esta investigación, incluso aparecen masculinidades que en un contexto más amplio no se acercan a modelo hegemónico alguno, pero que en los microcontextos logran emerger como poderosas y potentes. En particular este es el caso de Fabio, cuyo agresor, como lo denomina él, en una definición amplia de sociedad, no tiene relación alguna con el modelo hegemónico de masculinidad, pero al observar en el contexto familiar, la relación de dominación se produce porque el agresor de Fabio logra capitalizar ciertos atributos sociales, que pueden ser deseables o no, cuyos efectos desembocan en la sensación de intimidación que Fabio vivía frente a éste, y que ha descrito en un extracto de la narrativa publicado en este informe. Esto solo se produce porque la hegemonía, especialmente en un contexto de género, se plantea siempre en una dimensión relacional, en tanto responde a una superioridad social que se adquiere a través del conflicto de diferentes fuerzas, conflicto que se extiende más allá de la pura fuerza bruta y que alcanza desde la forma en cómo la sociedad organiza sus procesos culturales hasta la vida privada de sus individuos (CONNELL 1987). [68]

La masculinidad hegemónica se plantea de forma muy diferente a la noción de un rol sexual masculino específico. Mientras que el rol sexual se define dentro de determinadas características, como lo pueden ser la etnia, la heterosexualidad, la clase social, etc., la noción de masculinidad hegemónica implica una estructura social que configure y soporte los roles sexuales. La masculinidad hegemónica no se constituye como un arquetipo, estereotipo, ni ninguna otra forma de tipo. La masculinidad hegemónica es el sustento del poder que se ejerce desde la superioridad masculina, asimismo implica una gran cantidad de hombres y mujeres que estén dispuestos a sostener la hegemonía, pues al no ser un dominio impuesto desde la exterioridad (dígase por la fuerza) implica un consentimiento de parte importante del contexto donde se produce (CONNELL 1987). [69]

El caso de Mario es radicalmente diferente, pues su padre si ocupa un lugar de hegemonía en un contexto que abarcase un espacio social más amplio, como era el barrio donde éste vivía junto a él, sin embargo, la hegemonía que ostenta su padre queda restringida al contexto de ese barrio. [70]

El modelo de hegemonía, en este caso, se sostiene en un doble juego respecto a la masculinidad: los privilegios y las exigencias sociales a las que se enfrenta (RAMÍREZ 2005). La mantención de la hegemonía implica un costo, Mario lo señala en partes de su narrativa como ciclos de alternancia del poder entre los actores sociales de su contexto:

"Habían personas en mi entorno que cometían errores y se daban cuenta, algunos se arrepentían y sabían las consecuencias que traían cometer esos errores, e igual me daban consejos, me decían: no hagas esto, mira como estoy ahora, y yo seguía esos consejos y hartos ejemplos que me daba la vida, de ver a las personas, que un día lo tenían todo y al otro día no tenían nada. Un día eran respetados, y al otro día ya estaban votados en la calle, así que aprendí muchas cosas que me dio la vida, por decirlo así" (Mario). [71]

Estos errores que Mario señala, corresponden a ciertas prácticas que momentáneamente les permiten sostener un dominio sobre el resto, pero que son insostenibles en el largo plazo a partir de lo que Mario plantea, señalando el consumo de droga (pasta base) como ejemplo de esto:

"Habían otras cosas donde uno dice que va a probar su hombría cuando te incitan a las drogas por ejemplo, te dicen ya: fúmate un pito o si no eres maricón te decían, jala, hazle a la coca, a la pasta base, o si no, no eres hombre, cosas así (...) y yo prefería mil veces quedar por eso o quedar por tonto a hacer lo mismo que hacían ellos (...) había gente que le hacía porque creía que era bacán, gente que tenía mucho dinero y tenía muchos recursos para salir adelante, y le hacía a eso y después de ser el mejor, pasaba a ser el peor de todos" (Mario). [72]

Para responder a las formas en que se ejerce el poder desde un modelo de masculinidad hegemónica, es necesario identificar las condiciones de producción de su contexto, visualizar los privilegios y las exigencias para mantener esa posición. En palabras de RAMÍREZ (2005): "el propósito es dar cuenta de la relación, su trayectoria, sus modificaciones (...) como práctica social, de qué manera se manifiesta y si su trayectoria es unívoca o polimorfa" (p.73). [73]

5. Reflexiones finales

En el recorrido de este artículo que hasta acá he trazado, he querido mostrar fundamentalmente dos ideas. La primera de ellas tiene que ver con la sociedad patriarcal y el papel que juega la noción de identidad en la mantención de ésta. Si tomamos algunas propuestas de Stuart HALL (2003) y Judith BUTLER (1990), ideas que ya he descrito en la primera metanarrativa, la noción de identidad se encuentra atrapada entre dos almas: por un lado es un constructo de la psicología cuya función principal es dar una cierta coherencia interna al sujeto, mientras que por otro lado también se convierte en una estrategia de producción de sujetos homogéneos cuando se constituye como un ideal normativo, mecanismo que funciona primordialmente en términos de identidad de género. Sin embargo la producción de sujetos a partir de este ideal normativo no se da únicamente a través de prácticas discursivas, sino también materiales y peformativas, como por ejemplo muestran los relatos de Mario y Fabio. [74]

La identidad como un ideal normativo se traza hoy en lienzos de mucha exposición. Si bien no se puede afirmar que sean globales, si abarcan una cantidad de población nunca antes vista dado el gran volumen que alcanzan los medios de comunicación hoy. Sin embargo, según lo que muestran Mario y Fabio a partir de sus narrativas, la gestión de la identidad sigue siendo local. A partir de lo que ellos nos muestran en estos textos, ambos – según la interpretación que hacen de su propia historia – configuran distintos retratos respecto a lo que la masculinidad para ellos implica, donde incluso difieren sobre lo que se les enseñaba de la masculinidad en su forma más tradicional. Sus relatos parecieran incorporar elementos locales precisos desde donde estos jóvenes logran construir su idea de masculinidad: los aspectos que aceptan, los que rechazan, los que les gustan y los que no, los que ellos proponen, etc. Para estos jóvenes las cosas no son porque si, no son porque se las hayan enseñado o porque solo sean tradición, y el mejor ejemplo de aquello es la analogía que hace Fabio respecto a que la masculinidad; que es enseñada como una receta de cocina donde la masculinidad es el producto de la suma de una serie de ingredientes, y no un proceso cotidiano donde el género, el que sea, se performa diariamente. [75]

Pese a todo esto, identificar masculinidades desde sus posiciones enunciativas es una idea que se tensiona cuando la articulamos con la noción de masculinidad hegemónica trabajada por DEMETRIOU (2001), quien plantea que durante los últimos años los estereotipos de masculinidad se vienen homogeneizando entre sí a través de un pragmatismo dialéctico, vale decir una masculinidad hegemónica móvil, fluida, que se configura una y otra vez tomando lo que puede servirle de otras masculinidades, armando así un bloque histórico - – hegemónico de la masculinidad, que difumina sus límites como una forma de invisibilizar las estrategias de control sobre subjetividades masculinas diferentes. El fin último de este mecanismo sería la mantención del modelo de sociedad patriarcal, con la consecutiva hegemonía interna, aquella que refiere a la jerarquización de diferentes masculinidades, y externa, aquella que determina la superioridad de un género frente a otro, de la masculinidad (DEMETRIOU 2001). ¿Cómo pensar entonces una masculinidad localizada cuando el modelo de ser hombre se nos intenta presentar como transversal, a-histórico y a-cultural? ¿Cómo localizar las construcciones de masculinidad desde su lugar enunciativo? [76]

En relación a lo anterior me parece que el trabajo con narrativas como metodología de investigación, desarrolla dos aportes significativos. El primero refiere a la acción de poder desarrollar una epistemología feminista de la ciencia como una forma en sí misma de corregir las desigualdades de género. Si el conocimiento que generamos con el modelo tradicional de ciencia ya viene cargado de un sesgo estructural respecto al género, es necesario generar una nueva forma de producir conocimiento. Mi elección de usar las producciones narrativas para realizar un estudio de caso respecto a masculinidad, adolescencia y poder tiene que ver precisamente con encontrar una forma alternativa de conocimiento que, como expresé en el apartado metodológico, pudiese enfrentar el problema desde una perspectiva crítica de los modelos tradicionales de género. Desde esta óptica las narrativas de Mario y Fabio no solo muestran un proceso individual de construcción de la masculinidad, sino también se posicionan políticamente en torno a los roles masculinos que ellos se sienten llamados a cumplir, y la repercusión subjetiva y social que estas posiciones pueden tener. [77]

El segundo tiene que ver con la posibilidad de otorgar voz a sujetos excluidos de las escenas mainstream. Las producciones narrativas como una metodología del conocimiento situado, permiten "la revalorización de las palabras de subjetividades excluidas de las élites académicas dentro de espacios de producción de conocimiento científico" (BIGLIA & BONET-MARTÍ 2009, p.21) como una práctica que permite enriquecer los puntos de vista de cada actor/actriz social. [78]

La construcción del conocimiento lleva una responsabilidad inherente y directa respecto a la concepción de realidades, de ahí que ejercer una mirada crítica sobre procesos sociales productores de desigualdad pareciera convertirse en un compromiso ético que la investigación social no debe evadir. En este sentido los conceptos y narrativas que he presentado en este artículo intentan al menos ir en esa dirección, al hacer visible el punto de vista de dos jóvenes que han logrado construir masculinidades diferentes a los estereotipos, y las formas que encuentran de resistir a las formas hegemónicas de la masculinidad. [79]

Agradecimientos

Ante todo quisiera agradecer a Susana ALVARADO y Ximena LAMA, quienes en el momento que se realizó la investigación eran directoras del programa FAE del Hogar de Cristo y del PRM Independencia de CODENI respectivamente, por la disposición que tuvieron durante toda la investigación a colaborar no solo con infraestructura de sus equipos y programas, sino también por la construcción crítica que aportaron a esta investigación. Asimismo me gustaría agradecer a Tomás CANO, psicólogo clínico del programa FAE, por la conducción de una de las entrevistas. Por último, un agradecimiento final para Leonor CANTERA, quien fue mi tutora durante la maestría en que desarrollé esta investigación y a Joan PUJOL por su constante apoyo en la parte metodológica del proyecto.

Notas

1) Respecto a la referencia genérica a determinados sujetos, se ha optado por la referencia de la (persona) investigadora, por sobre el genérico el (hombre) investigador, como una forma legible de utilizar lenguaje inclusivo. <regresar>

2) La entrevista, de carácter abierto, abordaba tres ejes temáticos: 1. aprendizajes respecto al "ser hombre" durante su infancia y adolescencia, 2. reflexiones sobre la masculinidad a partir de las experiencias con el hombre que ejercía violencia sobre él, 3. reflexiones sobre la masculinidad a partir del proceso de intervención y proyecciones a futuro respecto al tipo de masculinidad que quieren construir. <regresar>

3) Mario se refiere a esta forma de hablar de la siguiente manera: "no sé si ha escuchado muy bien a los jóvenes como hablan, la forma que hablan, los modismos que ocupan (…) por eso me gusta expresarme bien, no así como oe hicimo esto no va conmigo". <regresar>

Referencias

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Autor

Nicolás SCHÖNGUT GROLLMUS es licenciado en psicología de la Universidad Diego Portales (Santiago, Chile) y máster de investigación en psicología social. Actualmente es estudiante de doctorado en en el Departamento de Psicología Social de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sus líneas de interés son género, masculinidades, epistemologías feministas y metodologías cualitativas de investigación social.

Contacto:

Nicolás Schöngut Grollmus

Departamento de Psicología Social
Universidad Autónoma de Barcelona, Edificio B
08193 Bellaterra, Barcelona
España

E-mail: schongut@gmail.com o nicolas.schongut@e-campus.uab.cat

Cita

Schöngut Grollmus, Nicolás (2013). Violencia y masculinidad: una aproximación narrativa al problema de la violencia contra adolescentes varones [79 párrafos]. Forum Qualitative Sozialforschung / Forum: Qualitative Social Research, 15(1), Art. 2,
http://nbn-resolving.de/urn:nbn:de:0114-fqs140128.



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