Volumen 16, No. 3, Art. 35 – Septiembre 2015



Desconstruyendo jerarquías. Reflexiones autoetnográficas sobre un trabajo de campo en barrios aledaños al ex Centro Clandestino de Detención Tortura y Exterminio de Campo la Ribera (Córdoba, Argentina)

Vanesa Garbero

Resumen: En este trabajo me propongo reflexionar sobre el acceso y consecución del trabajo de campo y desmarañar aspectos que hacen a mi subjetividad, como sujeto cognoscente, en el proceso de realización de mi investigación. Es un ejercicio de escritura que se enmarca en el subgénero literario – científico denominado autoetnografía, el cual exhorta a quien investiga a realizar permanentemente su propio socio-análisis, cuestionar su habitus, romper la ilusión de distancia neutral con el objeto conocido, escribir en primera persona y exponer sus emociones y sentimientos para mostrar la relación entre lo personal y lo cultural en la comprensión de fenómenos sociales. El escrito concluye en la vivencia del trabajo de campo como una experiencia transformadora que modifica la manera de ver, sentir y comprender el mundo de el/la investigador/a; a la vez propone que las relaciones de poder que se establecen en la realización de la investigación, en sus diversas manifestaciones, son relaciones complejas, variables y se negocian con los/las colaboradores/as; y en la necesidad de introspección intensa y permanente para revisar las jerarquías, que a pesar de las buenas intenciones, el/la investigador/a puede perpetuar sobre las comunidades marginales en las que trabaja.

Palabras clave: autoetnografía; investigación cualitativa; trabajo de campo; subjetividad del sujeto cognoscente; relaciones de poder; narrativas

Índice

1. Introducción

2. Encuadre autoetnográfico

3. Retrospectiva del trabajo de campo

3.1 Primer acercamiento al campo

3.2 Construyendo redes

3.3 La red de entrevistas, compromisos y advertencias

3.4 Apertura ante los hallazgos

4. A modo de cierre: de-construcción de las relaciones de poder

Notas

Referencias

Autora

Cita

 

1. Introducción

En el marco de la realización de mi investigación de maestría en sociología estuve interesada en comprender las memorias en torno al terrorismo de Estado de los/as vecinos/as del ex Centro Clandestino de Detención Tortura y Exterminio (en adelante CCDTyE) Campo de La Ribera y del Cementerio San Vicente (Córdoba, Argentina) a fin de analizar los modos en que ellos/ellas reconstruyen desde su experiencia dicha época conflictiva y los marcos locales y de sentido que intervienen en tales construcciones. Además quise comprender los modos de articulación entre su vida cotidiana y los sitios relacionados con el terrorismo de Estado tanto en los años de violencia política como en la actualidad. [1]

A modo de síntesis señalo que en marzo de 1976, en Argentina, se puso en marcha un plan sistemático para "neutralizar a la mayoría de las organizaciones populares y disuadir cualquier tipo de oposición al proyecto refundacional" (SERVETTO 2004, p.144). Se instaló lo que se conoce como terrorismo de Estado, que implicó la utilización del poder represivo del Estado y su aparato, despojando a los/las ciudadanos/as de todos sus derechos civiles y libertades públicas, anulando las garantías constitucionales y marginando el poder judicial (SERVETTO 2004). [2]

Sin embargo, el terrorismo de Estado fue gestándose durante los años previos al golpe de Estado de 1976. A poco de iniciarse el tercer gobierno peronista y con mayor intensidad durante 1975, la represión ilegal y el ejercicio de la violencia estatal cada vez más indiscriminada estuvo a cargo grupos parapoliciales y paramilitares que contaban con el respaldo financiero y logístico de agencias estatales como el Ministerio de Bienestar Social, la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), gobernadores provinciales, estructuras policiales nacionales y provinciales (NOVARO & PALERMO 2006). Córdoba, al igual que otras provincias,1) fue un foco temprano de la represión y el terror. En febrero de 1974 fue intervenida por el jefe de la policía de la provincia, teniente coronel Antonio NAVARRO. A ese hecho se lo conoce con el nombre del "Navarrazo" y significó el control del gobierno a nivel político y de la Confederación General del Trabajo (CGT) regional.2) También representó "un avance de los sectores ortodoxos del peronismo y el inicio de una fase de represión y de depuración ideológica, mediante persecuciones y detenciones a dirigentes políticos y sindicales" (SOLÍS 2005, p.76). [3]

Uno de los dispositivos de poder característico del terrorismo de Estado en Argentina fue la desaparición sistemática de personas. Un centenar de CCDTyE

"constituyeron el presupuesto material indispensable de la política de desaparición de personas. Por ellos pasaron millares de hombres y mujeres, ilegítimamente privados de su libertad, en estadías que muchas veces se extendieron por años o de las que nunca retornaron" (CONADEP 1996, pp.54-55). [4]

Centré mi investigación en vecinos/as de los barrios Maldonado y Mülller; jóvenes y/o adultos/as entre 1975 – 1983, que residen allí al menos desde esos años hasta la actualidad. Conviene aclarar que las personas entrevistadas no formaron parte del aparato del terrorismo de Estado, ni son víctimas directas del accionar represor, ni familiares de cualquiera de los anteriores o de los desaparecidos. Se trata de una parte de la sociedad civil que suelen considerarse a sí misma como "no protagonistas" de los hechos de violencia política ocurridos en el país. A su vez, decidí centrarme en los/las vecinos/as de Maldonado y Müller debido a que esos barrios se encuentran ubicados muy próximos a lo que consideramos dos "puntos de referencia" (POLLAK 2006) donde tuvieron lugar prácticas del terrorismo de Estado, como son el Cementerio San Vicente y el ex CCDTyE Campo de la Ribera. En el Cementerio San Vicente hallaron y exhumaron fosas comunes en los años 1984 y 2003. Hasta el año 2008 se logró identificar y restituir a sus familias los restos de catorce personas que se encontraban desaparecidas (OLMO & SALADO PUERTO 2008) – una de ellas producto de la primera excavación y los otros trece, de la segunda en 2003. [5]

En este escrito puntualmente me interesa desandar mi experiencia de realización del trabajo de campo en el marco de esa investigación cualitativa y los aspectos de mi subjetividad, como sujeto cognoscente, que se pusieron en juego en el proceso. En este sentido, me focalizaré en las estrategias que ideé para ingresar en un territorio que si bien es cercano al centro de la ciudad, simbólicamente existe un abismo y cuyas dinámicas barriales desconocía; el rol de los "porteros"; los obstáculos que encontré; los miedos y las dudas con las que lidié; los juegos de poder; entre otras cuestiones que hacen al proceso y producto de la investigación. [6]

Este trabajo es un ejercicio de escritura que corresponde al subgénero autoetnográfico, el cual incita al sujeto cognoscente a auto-vigilarse y analizarse durante la realización del trabajo de producción para presentarlo como parte del análisis realizado (MARTÍNEZ 2014). Recurro a mi propia experiencia para reflexionar sobre la dinámica de la investigación, no como algo anecdótico sino como ejercicio de "reflexividad" (MALLIMACI & GIMÉNEZ BÉLIVEAU 2007; VASILACHIS DE GIALDINO 2000) que constituye a la investigación en sí misma. [7]

A continuación, desarrollo una breve explicación de la perspectiva de la autoetnografía. Luego, narro mi experiencia en la realización del trabajo de campo. Concluyo reflexionando sobre diferentes aspectos relacionales de poder, comprendiendo la vivencia del trabajo de campo como una experiencia personal transformadora y revisando ciertas acciones que pueden reproducir jerarquías sociales, en el sentido que propone TILLEY-LUBBS (2009). [8]

2. Encuadre autoetnográfico

Desde mediados de la década del ochenta y con mayor énfasis en los años noventa, las ciencias sociales y la investigación cualitativa en particular experimentaron lo que después se denominó "crisis de la representación", que significó el cuestionamiento a las normas clásicas para llevar a cabo la investigación científica – paradigma positivista – y dio lugar a la legitimación de nuevas propuestas para generar conocimiento y exponer los resultados. En ese contexto, DENZIN y LINCOLN (2000) afirmaron que las críticas a los criterios positivistas y post-positivistas abrieron el espacio para discutir otras maneras de observar, analizar, comprender y escribir. [9]

En el marco de la crisis de representación surge la autoetnografía como un subgénero literario – científico (DENZIN 2014). Para algunos/as de sus fundadores/as y principales exponentes es una perspectiva de investigación cualitativa y, para otros/as, es una rama específica de la etnografía, o ambas cosas a la vez (ELLIS, ADAMS & BOCHNER 2011; RICHARDSON, cit. por BLANCO 2012a; TILLEY-LUBBS 2014). La "autoetnografía es un acercamiento a la investigación y escritura que busca describir y analizar sistemáticamente (grafía) la experiencia personal (auto) para comprender la experiencia cultural (etno)" (ELLIS et al. 2011, §1)3). FELIU define a la autoetnografía como una práctica analítica creativa, expresión que toma de Laurel RICHARDSON para "designar aquellas prácticas analíticas que mezclan el lenguaje del arte con el de las ciencias sociales y que tienen como objetivo producir conocimiento social a través de una práctica creativa" (2007, p.267). [10]

En la reseña histórica que reconstruye BLANCO (2012a; 2012b) señala que la autoetnografía comienza a utilizarse con más frecuencia en la década del ‘80, aplicándose al estudio de grupos sociales que el/la investigador/a consideraba que se asemejaban a "sí mismo", su misma situación de clase, género, raza u ocupación laboral, por nombrar algunas variables posibles de corte. Luego, en los años noventa se amplió el alcance para dar lugar "tanto a los relatos personales y autobiográficos como a las experiencias del etnógrafo como investigador – sea de manera separada o combinada – situados en un contexto social y cultural" (BLANCO 2012a, p.55; 2012b, p.172). Los investigadores escriben sobre sus experiencias "que surgen y son posibles porque ellos mismos son parte de una cultura y tienen una identidad cultural particular" (ELLIS et al. 2011, §8). [11]

Así, la autoetnografía es entendida como "la investigación, la escritura y el método que conecta lo autobiográfico y personal a lo cultural y social. Este formato por lo general presenta la acción concreta, la emoción, la encarnación, la auto-conciencia y la introspección" (ELLIS 2004 cit. en DENZIN 2013, p.207). De este modo, los/las autores/as e investigadores/as escriben sobre su subjetividad, exponen su emocionalidad y muestran su participación e incidencia en el trabajo "para ilustrar las facetas de la experiencia cultural, y, de este modo, hacer que las características de una cultura sean familiares para propios (insiders) y extraños (outsiders)" (ELLIS et al. 2011, §9). [12]

Según ELLIS, en este subgénero "las distinciones entre lo personal y lo cultural se vuelven borrosas" (1999, p.673). Esto tiene relación con la posición epistemológica que lo sustenta, la cual afirma: "una vida individual puede dar cuenta de los contextos en los que vive la persona en cuestión, así como de las épocas históricas que recorre a lo largo de su existencia" (FERRAROTI 1988 cit. por BLANCO 2012b, p.170). [13]

La potencialidad del género autoetnográfico para comprender el sentir y pensar de los/as actores/as tiene relación con la finalidad de la metodología cualitativa que "se preocupa por la construcción de conocimiento sobre la realidad social y cultural desde el punto de vista de quienes la producen y la viven" (VIEYTES 2004, p.69); o, en otras palabras, se ocupa de estudiar "los objetos en sus escenarios naturales, intentando dar sentido a, o interpretar los fenómenos en términos de los significados que las personas les dan" (DENZIN & LINCOLN 2000, p.4). [14]

La autoetnografía como producto exige una escritura emocional, empática y comprometida; hablar en primera persona; exponer la propia subjetividad; atender al auto-registro, ser consciente del propio punto de vista y posición; y responsabilizarse por los procesos que se narran. De esta manera, el/la autora e investigador/a se sitúa a sí mismo/a en un situación similar al sujeto conocido para forzarse a problematizar y reflexionar sobre su propio habitus y las estructuras objetivas que contribuyeron a constituirlo (MARTÍNEZ 2014). La producción de textos que enlaza lo personal con lo cultural puede tomar diferentes formas pero, en general, la mayoría de los autores consultados insisten en que la autoetnografía exige la utilización de formatos narrativos y de estrategias literarias (BLANCO 2012b). A su vez, las tipologías de autoetnografías se diferencian "según cuánto énfasis se coloca en el estudio de otros, en el propio investigador y su interacción con los demás, en el análisis tradicional y en el contexto de la entrevista, como así también en las relaciones de poder" (ELLIS et al. 2011, §15). [15]

Así, se entiende que la autoetnografía asume la imposibilidad de obtener conocimiento objetivo porque éste siempre estará mediado por la cultura y visión del mundo del investigador y por lo tanto reflejará su punto de vista. En consecuencia, reconoce el impedimento de construir conocimiento libre de valores y de alcanzar la distancia neutral con el objeto conocido (DENZIN 2014; POÓ PUERTO 2009). [16]

3. Retrospectiva del trabajo de campo

3.1 Primer acercamiento al campo

Mi primer acercamiento a los barrios en los que realicé mi investigación fue visitando el ex CCDTyE Campo de la Ribera, en junio de 2010. Hacía sólo tres meses que ese sitio había reabierto sus puertas; esta vez, como Espacio para la Memoria y Promoción de los Derechos Humanos. [17]

Sólo 6,6 km / 11 ó 17 minutos es la distancia que google maps calcula entre mi casa y Campo La Ribera. Sin embargo, los pocos kilómetros que separan esta zona del centro de la ciudad no tienen relación con la distancia en términos materiales y simbólicos. [18]

Tomé el camino recomendado y más directo. Los consejos rezaban no equivocarnos, no ingresar a recovecos ni tomar alguna de las calles "sin salida". En palabras que no se dijeron se trataba de evitar prácticamente todo lo que existía en el camino: hombres y mujeres, pobreza y estigmatización. [19]

Trascurridas varias cuadras en ascenso bordeando el río Suquía y unos metros antes de llegar al puente que conecta con la calle Estado Unidos, tuve la sensación visual de que allí acababa el camino, creí que debíamos desviarnos porque la calle no continuaba. Sin embargo, el camino continúa en descenso y el paisaje cambia. Después de esa línea imaginaria, el agua de la costanera parecía detenerse, comenzaron a rodear su curso matorrales mezclados con escombros y basura. [20]

A medida que avanzábamos, era posible ver menos gente circulando en la vía pública, los pocos carteles que señalaban negocios pequeños estaban escritos a mano, los baldíos eran sucursales menores del basural y muchas calles no estaban señalizadas. Se veían algunos caballos flacos atados a postes, y otros en marcha regresando o volviendo del centro, cargados de todo aquello que para otros fue basura. Sentí urgencia por volver a cualquier lugar conocido. [21]

La constitución de estos barrios como periféricos-marginales de la ciudad Córdoba es histórica. Tres cementerios, un leprosario, una cárcel militar que devino en CCDTyE y luego en escuela y una planta de elaboración de residuos cloacales componen una parte importante del paisaje en términos objetivos y subjetivos para los/las vecinos/as. Actualmente, sólo funcionan los cementerios y el ex CCDTyE es un Espacio para la Memoria y Promoción de los Derechos Humanos. Sin embargo, la condición de barrios periféricos marginales no se transformó pese a su cercanía con el centro de la ciudad. Esta cercanía no acorta la distancia simbólica y ésta se materializa en cuestiones puntuales que cobran trascendencia en la construcción del presente. Algunas de ellas se observan en la erosión ambiental, la deficiencia de todos los servicios, el escaso control de actividades delictivas, la falta de espacios públicos de esparcimiento, las condiciones de deterioro de las calles y de los sitios sin edificar; todo eso conforma un conjunto de degradación circundante a los atributos estigmatizantes que recaen sobre el territorio y, por lo tanto, sobre sus habitantes. Ejemplos muy concretos se materializan cuando los/as jóvenes son rechazados en trabajos o espacios por el solo hecho de pertenecer a estos barrios, o también cuando se escuchan frases como "ahí son todos delincuentes o narcotraficantes". Esta realidad no es exclusiva de estos barrios sino que se repite en otros de la misma ciudad y son el resultado de las fragmentaciones sociales y espaciales que se han agudizado en los últimos cuarenta años. [22]

En aquella primera visita, me recibió el director del Espacio para la Memoria Campo de la Ribera, ex preso político de la última dictadura militar argentina (1976-1983) y vecino de un barrio de la zona (seccional 5ta.). Él me brindó información general y me acompañó en una visita rápida para contarme brevemente la historia del Espacio. Tomé conocimiento que en julio de 1904 el Estado Mayor del Ejército compró, a escasos metros del Cementerio San Vicente – sureste de la ciudad –, 70 hectáreas a la familia Rivera-Palacios. En 1945 el Ejército instaló allí la prisión militar de encausados de Córdoba, la cual funcionó durante 30 años hasta 1975 que decidió trasladarla a la ciudad de La Calera. Desde el 10 de diciembre de ese año el lugar pasó a ser usado como base operativa del Comando Libertadores de América, estructura clandestina paramilitar ligada al Tercer Cuerpo del Ejército bajo la coordinación del Capitán Héctor Pedro Vergéz. La vieja cárcel comenzó a operar como CCDTyE. A partir de marzo de 1976, Campo de la Ribera quedó bajo el mando directo del Tercer Cuerpo y constituyó parte de lo que fue la red clandestina de represión. [23]

Fue un punto neural de la política de secuestro, tortura y exterminio en Córdoba. Una vez que entró en funcionamiento el CCDTyE La Perla, en marzo del 1976, La Ribera pasó a ser utilizada principalmente como "campo de derivación". Se estima que unas 4.000 personas pasaron por el CCDTyE Campo de la Ribera, de las cuales 100 de ellas aproximadamente permanecen desaparecidas. [24]

En junio 1978, debido a la visita de una comitiva de la Cruz Roja Internacional al país, Campo de la Ribera fue blanqueado como Cárcel Militar nuevamente hasta 1986 que el lugar fue abandonado. [25]

Más tarde, en 1989, el gobierno provincial de Eduardo Angeloz (UCR) compró los terrenos del Ejército y decidió, en 1990, trasladar allí la Escuela Primaria Canónigo Piñero que hasta entonces funcionaba en paupérrimas condiciones en las instalaciones de la Parroquia de la Bajada San José, a pocas cuadras de Campo de la Ribera. Poco después se agregó el Jardín de Infantes y un secundario que a partir de 1992 desarrolló sus actividades en el mismo edificio que durante 1975-1978 funcionó como CCDTyE. La delegación Capital de la Unión de Educadores de la Provincia de Córdoba denunció que el traslado de la escuela a los predios de Campo de la Ribera "pretendía blanquear un lugar de matanza". [26]

Recién en mayo de 2009, docentes, vecinos, la Red Social de la 5ª (espacio de articulación que hace más 10 años nuclea a instituciones y organizaciones de la zona) y los Organismos de Derechos Humanos lograron trasladar las escuelas para poder "recuperar" el lugar como Espacio para la Memoria, Promoción y Defensa de los Derechos Humanos Campo de la Ribera (información obtenida en las entrevistas personales a trabajadores/as del Espacio para la Memoria Campo de la Ribera). [27]

Durante aquel recorrido, vi los rastros de pintadas y carteles que había dejado el paso del secundario y las adaptaciones arquitectónicas que se efectuaron para transformar a un centro clandestino en un establecimiento educativo. A la vez, había una garita de vigilancia; ganchos en una pared lateral del patio en los que los secuestrados fueron amarrados en los simulacros de fusilamiento como forma de tortura (luego los/las estudiantes se referirían a ese sitio como "el rincón muerto" y allí no jugaban); los piletones en los que fueron torturados los/las presos/as políticos/as (piletones que los/las alumnos/as usaron, años después, para tomar agua o para lavarse las manos durante los recreos); habitaciones en la que se alojaban los/las secuestrados/as que después fueron aulas de dimensiones muy estrechas; y la sala de tortura, lugar que fue usado luego como la oficina de dirección de la escuela secundaria. [28]

La existencia de un centro clandestino, de este o de cualquiera, produce un hueco en el corazón y en la razón: un hueco que adquiere contornos con las significaciones que fuimos construyendo en democracia, con el juicio y castigo a los culpables, la restitución de la identidad de los bebés apropiados, por nombrar algunas acciones. La mezcla de centro de tortura y escuela, dos lógicas y espacios que se posicionaban, en mi imaginario, en las antípodas, conviviendo, lo sentí perverso. ¿Cualquier escuela o colegio podría funcionar en las instalaciones que un puñado de años antes fue un sitio donde se mantuvieron cautivos, se torturó y asesinó a hombres y mujeres por sus ideas políticas? Considero que no. Si bien las memorias que encarnan ese y cualquier otro lugar no son transparentes ni están inscriptas de por sí en los edificios, sino que son los diversos actores, con diferentes capitales, en escenarios y coyunturas dadas, los que cristalizan – a veces temporalmente – una narrativa y un uso por sobre otros. También coincido con CILIMBINI (2007, p.5) cuando afirma que:

"la localización de la institución educativa en el mencionado espacio, utilizando lo que fue la infraestructura de un campo de desaparición de personas será producto de prácticas políticas sustentadas en la representación devaluada que se tiene de los habitantes que se encuentran localizados en la denominada área periférica" [29]

Sobre la zona, "la droga rompió los códigos", afirmó el director del Espacio para la Memoria, haciendo referencia a los recaudos que me sugería tomar para moverme en el territorio. Esa falta de códigos sería luego repetida reiteradas veces por los entrevistados. Todos rememoraban los códigos no escritos que indicaban que entre vecinos/as del barrio (o con gente que venía a trabajar para el barrio como docentes, médicos/as, etc.) no se molestaban, ni robaban. "Los mocos se los mandaban afuera del barrio, acá volvían tranquilos", me decía una de las entrevistadas. Operaban códigos no escritos que establecían no robarles a los/las vecinos/as que pertenecían al mismo barrio y de solidaridad entre estos "ladrones/as" y los/las "no ladrones" en tanto los/las primeros/as no afectaban a los/las segundos/as y estos/as últimos les brindaban ayuda o protección en otras situaciones. La ausencia de esos códigos se traduce en sentimientos de miedo e inseguridad y moldea las prácticas cotidianas en tanto los/las entrevistados/as enumeran hábitos que modificaron, espacios en los barrios o cuadras o esquinas que no frecuentan y por los que conviene no transitar, franjas horarias señaladas como "peligrosas", cambios en la relación con otros/as vecinos/as y temores con los que conviven. [30]

Ese mismo año volví al Espacio de la Memoria para compartir la proyección de un documental que sintetizaba algunos de los hallazgos de la investigación llevada a cabo por MARCHETTI (2010; MARCHETTI & MOLAS Y MOLAS 2003) sobre las memorias vinculadas con el terrorismo de Estado. En esa oportunidad, el director del Espacio para la Memoria me presentó a quien actuaría luego como una de mis "porteras" del territorio e informante: Mónica, vecina del barrio Maldonado, fundadora de la organización barrial La Barranquita y trabajadora del Espacio para la Memoria de Campo de la Ribera. [31]

3.2 Construyendo redes

Como una forma de ingresar al campo y para seguir construyendo redes con diferentes actores de la zona decidí, en el año 2011, participar del programa "Jóvenes y memoria. Recordamos para el futuro", organizado a nivel nacional por la Comisión Provincial por la Memoria de Buenos Aires. En la ciudad de Córdoba estuvo bajo la gestión y coordinación general del Espacio para la Memoria Campo de la Ribera. Este programa propuso convocar a las escuelas para desarrollar un trabajo de investigación sobre el pasado reciente de la comunidad en la que se desenvuelven. La consigna implicó que fueran los/las jóvenes los/las encargados/as de definir el tema de investigación, enmarcado en una problemática de escala local e inscripto en el eje "autoritarismo y democracia". Mi participación concreta estuvo en coordinar y asesorar, junto a una colega, en aspectos metodológicos y conceptuales la formulación y realización del proyecto: "la vida cotidiana en el barrio durante la última dictadura militar", llevado a cabo por los/las alumnos/as de la escuela I.P.E.M. N° 133 Dr. Florencio Escardó. Esta institución educativa está situada a escasos metros del ex CCDTyE Campo de la Ribera y funcionó desde 1992 hasta 2009 en el mismo edificio de la ex cárcel y CCDTyE. [32]

Junto con los/las alumnos/as elaboramos como producto final un micro radial que relata fragmentos de vivencias de una ex presa política que estuvo secuestrada en Campo la Ribera y las memorias de algunos/as vecinos/as que crecieron, jugaron y vivieron a escasos metros del CCDTyE cuando funcionó como tal. El micro radial buscó poner en diálogo el "adentro" con el "afuera" de un centro de detención clandestino. En lo que refiere al ingreso al trabajo de campo de mi investigación, tal participación me acercó a personas que serían informantes claves y estreché vínculos con Graciela (vecina de Maldonado, referente institucional de la parroquia Crucifixión del Señor y trabajadora del Espacio para la Memoria Campo de la Ribera) quien también oficiaría de "portera" para concretar las entrevistas. Además, la participación en ese proyecto me permitió trabajar junto a jóvenes que residen en los barrios de interés y eso significó conversar sobre temas relacionados con mi investigación, conocer dinámicas del territorio y capitalizar una experiencia que luego fue referenciada a algunos entrevistados para ganar su confianza y no resultar "una completa extraña". [33]

De la sistematización y reflexión de dicha experiencia decidimos escribir colectivamente un artículo que fue publicado con referato doble ciego en una revista académica (GARBERO, LIPONETZKY, CÓRDOBA & ROMERO 2012). Dos de las autoras trabajamos en el campo académico y las otras dos tienen trabajo territorial y social. Según me comentaron estas dos últimas, publicar el artículo era una forma de dejar por escrito constancia de su trabajo en el Programa para que perdure en el tiempo y obtener algún tipo de reconocimiento. [34]

3.3 La red de entrevistas, compromisos y advertencias

Tomé conocimiento de las muchas experiencias de robos y agresiones a docentes, investigadores/as e, incluso, entre vecinos/as; por lo tanto, fue clave el acompañamiento de los/as informantes claves (VIEYTES 2004) que actuaron como verdaderos "porteros/as" para el ingreso y circulación en el territorio. Se trató de vecinos/as (algunos ya los/las nombré en la páginas anteriores) que, en su mayoría, tienen una conocida trayectoria de trabajo social en su comunidad. [35]

La bibliografía indica que debo llamarlos informantes claves y porteros; aún así, ellos/ellas fueron para mí colaboradores/as indispensables de la investigación. Ellos/as me esperaron en la parada del colectivo urbano, me acompañaron a las viviendas de las personas a entrevistar, me presentaron con su vecino/a y luego, al avisarles que la entrevista había concluido, me asistieron y aguardaron la llegada del colectivo de regreso. Fue sumamente valioso su acompañamiento y sin ellos/ellas me hubiera sido muy difícil realizar la investigación. Sin embargo, la experiencia me indicó también que por momentos esto fue un limitante para llegar a algunos vecinos/as e implicó que el trabajo de campo se extendiera en el tiempo debido a que tuve que coordinar con ellos/as según su disponibilidad y hacer las actividades en un ritmo compartido. [36]

Las advertencias de los/las "porteros/as" e informantes del barrio fueron claras y contundentes desde el principio: "se van a dar cuenta que no sos del barrio y te van a robar". Me recomendaron estar alerta y no moverme sola. Las indicaciones iban desde la vestimenta, pasando por cualquier objeto que pudiera considerarse "de valor", hasta no llevar mochila o cartera. Estas recomendaciones no sólo venían de familiares o personas que habían trabajado en algún momento en la zona sino de los habitantes de estos barrios. Me llamó la atención que fueran los/las mismos/as vecinos/as los que me pusieran en alerta; de alguna forma, ellos/as me cuidaban de gente que convivía con ellos. Claro, los barrios no son grupos cerrados ni compactos. Los/as "otros/as peligrosos/as" no necesariamente son los lejanos, pueden ser también algunos/as vecinos/as, incluso muy cercanos, de quienes por ejemplo se conoce que venden, consumen o "cocinan" droga, o que tienen problemas con la policía. Las formas de referirse a estos/as vecinos/as fueron siempre muy despectivas y estigmatizantes. [37]

Esa fue una de las primeras prácticas de diferenciación interna que noté; es decir, entre los/as mismos/as vecinos/as del barrio. Esto tiene relación con las estrategias de "auto-protección simbólica" que señala WACQUANT (2011) y consisten en adoptar ciertos discursos dominantes (aún los denigrantes y violentos) y aplicarlos a los/las propios/as vecinos/as redoblando el desposeimiento (BOURDIEU 2007), pero, en algún sentido, queriendo excluirse de aquel "don nadie" o, en otras palabras, quedar incluidos/as entre quienes "degradan" y no entre los/as "degradados/as". [38]

Llegué a las primeras entrevistados/as por recomendación y presentación de Mónica y Graciela. Ellas me facilitaron ingresar, recorrer y concretar el mayor número de entrevistas. Ser referenciada como "persona de confianza" fue como una carta de presentación con los/as demás vecinos/as y sirvió para crear un clima agradable para propiciar la conversación en el marco de la entrevista. [39]

Para ser presentada como "persona de su confianza" tuve, en primer lugar, que resultar confiable para ellas. Esto implicó construir una relación afectiva de compañerismo que superó los objetivos de mi investigación y que me involucró, desde aquel momento hasta la actualidad, en actividades y sucesos personales y de la comunidad, estar presente y compartir, al menos desde la escucha atenta, algunas de las problemáticas con las que lidian cotidianamente en el barrio. [40]

Para ampliar la red de entrevistados, me resultó útil recurrir a otros/as referentes o vecinos/as que también actuaron como "porteros". Por ejemplo, otra "puerta de entrada" al barrio fue la directora del Centro Educativo del Nivel Medio de Adultos (CENMA) Maldonado. Conversé con ella sobre el trabajo elaborado por estudiantes y docentes de la institución; el producto de esa investigación se publicó en el año 2011 bajo el nombre "La historia que nos parió. Memorias del terrorismo de Estado en el barrio" (BALDO, MAFFINI, SAMOLUK & TABERA 2011). Al comentarle que estaba en la búsqueda de vecinos/as con determinadas características, ella se ofreció a rastrear los legajos de los alumnos/as mayores que habían realizado tal proyecto. "Tenés coraje para meterte en algunos barrios", me dijo. A partir de la información de nombres, direcciones y algunos teléfonos que figuraban en los legajos logré entrevistar a dos mujeres de Maldonado. Para presentarme decidí referenciar el contacto con la directora del CENMA y la visita a la Escuela donde las personas contactadas cursaron sus estudios secundarios. [41]

Sucedió muchas veces que, aun sabiendo dónde vivían las personas, no podía llegar a entrevistarlas porque no contaba con alguien que me acompañara al domicilio y era dificultoso, según las recomendaciones, desplazarme de forma independiente. Entonces, una entrevistada recomendada por la directora del CENMA se ofreció a caminar conmigo hasta los domicilios de otros dos vecinos. En el camino sentí miedo porque ella me alertó, en el medio de la calle, de la necesidad de esconder la mochila por debajo de la campera en ese mismo momento y me informó que alargaríamos el camino que nos llevaba a la casa del entrevistado porque uno de los puntos del "camino más directo" era peligroso. "Ahí se juntan los/las chicos/as a drogarse o es donde se esconden si se escapan de alguien". El peligro no era real sino más bien imaginado o potencial. Mi miedo venía a recordarme mis propios prejuicios y la reproducción de estereotipos que yo misma creía y quería cuestionar. Mi miedo volvía a demonizar a aquellos jóvenes que se construían dentro y fuera de las fronteras del barrio como el otro, negativizado y temido. También, la situación compartida dejó en evidencia mi falta de conocimiento de las dinámicas barriales; por lo tanto, mi falta de control en una amplia gama de situaciones que se desprenden de "recorrer y estar" en el territorio. [42]

Esta entrevistada me presentó otros tres vecinos que aceptaron ser entrevistados. A su vez, uno de ellos me presentó a otros tres vecinos/as. Así fui construyendo la red de entrevistados/as. [43]

Las entrevistas las realicé entre marzo de 2012 y octubre de 2013. La importancia de explicitar dicho período radica en que todo relato tiene una cualidad dialógica (JELIN 2002), es una invención tanto de quien cuenta su experiencia como del que escucha y hace preguntas. En este sentido, JELIN (p.97) resalta la importancia "de incluir la temporalidad y la historicidad de las narrativas personalizadas y de las posibilidades de escuchar". Tales datos cobran relevancia, de modo especial en temáticas como la de mi interés, porque no es lo mismo lo que una persona puede y quiere decir – o callar – sobre tal suceso en un momento o en otro (POLLAK 2006). Cuando cambian las condiciones sociales y políticas se reconfiguran las posibilidades de lo decible sobre un asunto determinado. [44]

También quiero hacer alusión a las personas que no accedieron a ser entrevistadas aún cuando fui referenciada por conocidos de su confianza. Fueron al menos cinco o seis vecinos/as. Para no ingresar en los casos puntuales, me interesa destacar que la búsqueda y acceso de los/as entrevistados/as a conversar fue sumamente compleja. No sólo por las características del territorio sino también porque varios/as entrevistados/as, ante la posibilidad de ser consultados/as por sus recuerdos sobre el pasado del barrio o durante la última dictadura, se mostraron reacios; esto podría tener relación con el carácter traumático de ese recuerdo, con lo no grato de la temática y con representaciones de las que muchos prefieren no hablar. Quizás también tiene que ver con que los/as vecinos/as de estos barrios son buscados muchas veces por "extraños/as y/o externos/as" para conversar temáticas relacionadas con narcotráfico, delincuencia, cementerios y el ex centro clandestino. Estas temáticas pueden ser entendidas como poco agradables y estigmatizantes. [45]

Me resultó llamativo el caso de un vecino, que finalmente sí entrevisté pero al principio se negó. Esta persona fue un adolescente durante la última dictadura, vendía agua en el Cementerio San Vicente y limpiaba las patentes de los autos y placas de las tumbas para ganar algo de dinero. Él asegura haber visto los enterramientos clandestinos que se realizaron durante la dictadura. Hace unos años accedió a darle una entrevista a otra investigadora para su trabajo pero, a raíz de ello, durante las semanas siguientes no pudo volver a comer carne. Le comentó a su esposa que volvió a sentir el olor a sangre. Me motivó a pensar en los efectos que puede generar el entrevistador en una persona al pedirle que recuerde, en algún sentido que re-viva, algo del orden de lo traumático. [46]

También fueron varias las veces que fui hasta el sitio Campo de La Ribera a encontrarme con Mónica y Graciela para juntas dirigirnos a contactar algunos "candidatos" a entrevistar; pero al llegar allí se planteaba otra situación y, en lugar de ir a las casas de los entrevistados, me invitaban a participar de diversas reuniones que ellas tenían con distintos colectivos u organizaciones presentes en la zona para trabajar actividades en conjunto. [47]

Luego fui conociendo que tanto Mónica como Graciela son referentes para investigadores que buscan hacer sus trabajos en la zona, es por ello que han sido consultadas en varias oportunidades. A raíz de esa experiencia, me manifestaron en reiteradas ocasiones su malestar en torno a las personas que van a realizar trabajos académicos a los barrios y al finalizarlos hacen devoluciones de la información conseguida, como tampoco se acercan a dejar una copia del material elaborado. Me expresaron su malestar en torno a personas que "hablan" del barrio sin haberlo recorrido y también por acompañar los diferentes trabajos y no ser luego reconocidas por ello. Me repitieron varias veces: "nosotras queremos que recorran a pie el barrio". [48]

Sus palabras fueron, para mí, advertencias. Por eso parte del proceso de trabajo fueron varios encuentros que terminaban en actividades no previstas en principio. Ese tiempo compartido que podría parecer poco "productivo" resultó indispensable para comprender a quienes estuve interesada en investigar. Disfruté de aquellas conversaciones, de los recorridos y de compartir con ellas los distintos momentos que se sucedieron. Lo tomé como parte de "caminar y sentir el barrio". [49]

3.4 Apertura ante los hallazgos

Antes de iniciar la investigación, y en función de la lectura de los artículos sobre la zona y por mi propia posición en el tema, pensaba que los/as vecinos/as me hablarían del horror de vivir en las inmediaciones de lo que fue un CCDTyE, del miedo que sintieron, del rechazo que le generaban los militares y del quiebre que representó el terrorismo de Estado en el desarrollo de su vida cotidiana. Nada de eso sucedió, al menos en esos términos. [50]

Luego de realizar las primeras entrevistas pensé que el silencio de los/as entrevistados/as en torno a las experiencias políticas – barriales o no – de la década del 1970 y primeros años de los 1980 se debía a que resultaban memorias incómodas por lo traumático de esos procesos, o lo estigmatizante que puede resultar vivir en las inmediaciones de un ex CCDTyE. Sin embargo, aun cuando no descarté completamente esa posibilidad, comprendí que para los/as entrevistados/as se trata de memorias que ocupan un segundo lugar para narrar el pasado de sus barrios, explicar el presente y pensar en el futuro. [51]

Esto me llevó a cuestionar mi propia perspectiva de investigación, la cual estaba modelada por la memoria oficial o dominante, que identifica como un punto de quiebre a la última dictadura. La memoria dominante es "la que se sostiene desde el Estado compartida por familiares de las víctimas directas de la represión y los Organismos de Derechos Humanos" (DA SILVA CATELA 2010, p.49). En el diálogo con los/as entrevistados/as, las memorias referidas a estos años surgieron, en la mayoría de los casos, ante mi pregunta. Buscar los sentidos que los/as entrevistados/as construyen alrededor del terrorismo de Estado implicó bucear por un conjunto de memorias locales que en muchos puntos contradicen o entran en pugna con la memoria dominante, la memoria oficialmente instituida sobre ese pasado reciente. [52]

Resultó angustiante comprender que lo que buscaba no se encontraba allí, al menos del modo que lo pensaba. Sin embargo, lo que encontré le dio un giro nuevo a la investigación e incluso fue enriquecedor para pensar en la complejidad y diversidad de las representaciones sobre el terrorismo de Estado en el marco más general de las memorias barriales (memorias de largo alcance) y en las distintas formas en que se experimentó y significó aquel período en relación con esas otras memorias que tienen relevancia para los/as entrevistados/as. [53]

Fue así que resultó fundamental no imponer o pretender encontrar determinadas categorías, para no pasar por alto todo aquello que no coincidía con lo que yo pensaba y para conocer cómo se construyen las memorias barriales, las funciones que cumplen en la construcción de explicaciones procesuales e identitarias y cuáles son los recuerdos que ellos seleccionan para narrar la historia del barrio. En síntesis, fue productivo partir de los datos recolectados para la teorización, trabajar en profundidad con las categorías emergentes y realizar la recolección de datos de forma paralela a su análisis. [54]

4. A modo de cierre: de-construcción de las relaciones de poder

FELIU afirma que "la autoridad científica tiene la capacidad de perpetuar las relaciones de desigualdad y dominación si no se hace a sí misma suficientemente reflexiva" (2007, p.264). En consecuencia, incita a cuestionar y minar las bases o fuentes de ese poder. El autor señala que la autoridad del investigador proviene no tanto de las características personales como la honestidad, objetividad, neutralidad que le presuponen, sino de una red de autoridades que dan forma al acto científico. Como, por ejemplo, la pertenencia del autor a las instituciones del mundo académico que usualmente gozan de prestigio, del método y la disciplina que se autodefine como la "forma adecuada de dirimir entre la verdad y la falsedad" (ibid.) de las instituciones estatales occidentales y de su condición como sujeto moderno: libre, blanco, clase media, etc. [55]

En el mismo sentido que afirma TILLEY-LUBBS (2014, pp.273-274), es necesario que me evalúe dentro de esas categorías socialmente construidas de poder y privilegio como son la raza, el género, la preferencia sexual, la clase, la religión, etc. Allí me pude reconocer, al igual que la autora referenciada, como parte de la cultura dominante y analizar los efectos que ello genera en las comunidades vulnerables donde llevo a cabo la investigación. Aún así, me puedo situar críticamente ante ello cuando analizo mi propia práctica como investigadora, muestro mis debilidades y miedos para incluirlos como parte del análisis, me presento como participante de la investigación, hago explícito que la construcción final refleja mi manera de seleccionar y exponer los resultados, examino mis acciones y reveo mi comportamiento situándome en un lugar de análisis semejante al de quienes quiero observar. [56]

Considero que hay que desconstruir esas formas de poder y que, si bien parece que operan de manera eficiente y están presentes en el imaginario de la población en general, no son absolutas, ni compactas. En una oportunidad, uno de los entrevistados finalizó la conversación afirmando:

Entrevistado: "Por eso digo, ese coso [desgrabador] que estés grabando ahí, no sé cómo lo van a tomar ellos ... allá cuando lo van a escuchar, cómo lo van a escuchar no sé a donde vayas ..."

Entrevistadora: "No se preocupe que no ..."

Entrevistado: "Cuando va a la universidad, dígale, dígale para que respete lo que es ... para que sepan ellos cómo es acá" (Fragmento textual de entrevista personal a vecino de barrio Maldonado de 65 años). [57]

El entrevistado quiere que su relato se expanda más allá de los límites del barrio y llegue a un espacio legítimo de conocimiento, como puede ser la universidad, quiere ser respetado y no ser incluido en los estigmas que recaen sobre los habitantes del barrio. Él denuncia su verdad ante "la universidad"; la reconoce como un lugar de legitimación de un saber. Sin embargo, el entrevistado estructuró su relato de tal manera que él se posicionó en una voz autorizada, "objetiva", para narrar lo que allí sucede porque convive y lidia con ello todos los días de su vida. La universidad está en otra parte, "allá", y tiene mucho por aprender de lógicas y prácticas de campos particulares. [58]

Además, las relaciones de poder durante la realización del trabajo de campo son complejas, variables y se negocian en muchas oportunidades. Por ejemplo, en mi experiencia estuve sujeta a la buena voluntad y decisión de quienes se desempeñaron en rol de "porteros". En esto tuvo mucho que ver las características del territorio, pero lo cierto es que dependí de ellos/as para contactar a entrevistados/as, caminar en el barrio y para conocer ciertas lógicas y códigos de la zona. De ellos/ellas dependió la realización de mi trabajo. [59]

A la vez, para conocer las dinámicas barriales sobre las que no hay escritos (al menos en esta zona de la ciudad), estuve ávida de toda información que me pudiera brindar cualquiera de mis informantes claves. En este caso, durante el tiempo que me llevó desarrollar criterios propios para comprender ciertas dinámicas mi posición también estuvo subordinada a estas personas que tenían ese saber. [60]

Probablemente, estas relaciones de poder se invierten en las situaciones de entrevista y en la elaboración del informe final. La situación de la entrevista es inicialmente una situación asimétrica:

"(...) es difícil evitar que aquél [el investigador] sea investido de cierto poder por pertenecer, en términos de representaciones, a la categoría de investigador-que-pregunta. El entrevistado, en cambio, es el que responde y, en general, no es quien propone los temas centrales, por más abierta que sea la entrevista" (MERLINO 2009, p.131). [61]

Por su parte, la elaboración del informe final puede reforzar las asimetrías porque es el/la investigador/a quien selecciona, categoriza, relaciona y finalmente interpreta la información recolectada. Me desvelaba e inquietaba adjudicar sentidos que no correspondieran con aquello que los/las entrevistados/as me transmitían y o que primaran mis interpretaciones por encima de las significaciones otorgadas por los/as entrevistados/as-colaboradores/as. La manera que encontré para sobreponerme a esta inquietud fue conversar en reiteradas ocasiones con los diferentes informantes claves de estos barrios para poner en común mis interpretaciones, prestarlas a su juicio y compartir maneras de comprender la información recolectada. Así examinaba mi adjudicaciones de sentido e intentaba comprender desde la perspectiva de los grupos estudiados (TILLEY-LUBBS 2014). A su vez, a los/las entrevistados/as les comenté el propósito de la investigación y los fines de la información y acordamos en utilizar iniciales o nombres ficticios para resguardarlos. [62]

Hago mías las palabras de TILLEY-LUBBS (p.274): "Mi vulnerabilidad también me lleva a ser más consciente de la vulnerabilidad de las otras personas, lo cual muchas veces condiciona la selección de los datos que quiero incluir en la narrativa". Por esto, al finalizar la entrevista acordé la autorización para publicar sus narrativas en el trabajo que llevaba a cabo con fines académicos. De esta manera y de otras, a imaginar, es posible integrar la ética en la investigación (TILLEY-LUBBS 2014). [63]

Respecto de la transmisión del informe de investigación final, me parece que podría resultar violento entregarlo en el formato académico porque la operación analítica que comprende abstraer, conceptualizar y categorizar las experiencias y narraciones individuales cotidianas hace que pierdan el carácter descriptivo y se transformen para dar lugar a un tipo discurso que tiene las características del campo científico. Aún me resulta un desafío pensar la modalidad para compartir los resultados de la investigación con los/as colaboradores/as y la vecindad en general a partir de discursos que produzcan empatía y acerquen el conocimiento producto de la interacción. La "performance ethnography" (GIVEN 2008) o autoetnografía del desempeño (OROZCO VARGAS 2011) podrían ser alternativas creativas y efectivas a esos fines. Por el momento, entregué el trabajo completo a algunos de los/as colaboradores/as de la investigación que fueron entrevistados/as y además actuaron como informantes claves para recibir sus comentarios, conocer cómo se sienten en relación con lo que escribí sobre ellos/as y efectuar las modificaciones pertinentes. Además, sigo participando de algunas actividades que se realizan en el Espacio para la Memoria y manteniendo la relación afectiva con algunas de las personas que actuaron como "porteras" de los barrios. Estos aspectos y otros hacen a las "preocupaciones relacionales" de la investigación que ELLIS et al. (2011) consideran cruciales. [64]

Por otra parte, durante el transcurso del trabajo de campo los/as entrevistados/as compartieron conmigo diversas necesidades y sentí el deseo de ayudarlos/as. Fueron muchos los casos: una entrevistada elaboraba ropa y frazadas a partir de unir recortes de telas y necesitaba material; un vecino necesitaba alambres para delimitar su terreno por temor a ser usurpado; los hijos de otro estaban sin trabajo y dispuestos a cualquier tarea, por nombrar algunos ejemplos. Incluso en algunas oportunidades, sin que el/la entrevistado/a pidiera nada, pensaba en diferentes formas de ayudarlos/as en su situación. En ocasiones no tuve éxito en solucionar el pedido, otras veces no lo puede sostener en el tiempo y en otras oportunidades logré colaborar. Tuve el deseo engañoso de querer cambiar parte de esa realidad. Deseo idealista y quizás omnipotente (o impotente) que me impulsa a querer cambiar las realidades dolorosas. Pero uno desea desde el propio lugar (no se puede hacerlo desde otro) y de marcos de sentido particulares. Entonces, lo que puede ser un deseo "bien intencionado" está al borde de transformarse en una actitud mesiánica que avasalla elecciones personales, otros modos de vivir y decisiones de distintos niveles que no están al alcance (y tampoco corresponden). Además, con "mis buenas intenciones" de alguna manera estaba creando y reforzando una jerarquía social entre los miembros de la comunidad – "los/as que no tienen" – y yo como la que "tengo", en el mismo sentido que lo propone y analiza TILLEY-LUBBS (2009). Tal actitud fue muy frustrante para mí y tuve que analizarla para poder vivenciar de manera diferente el contacto con los/as vecinos/as, conectarme desde otro lugar y transformar la caridad en colaboración cuando se me demandaba puntualmente y estaba en situación de responder. [65]

Finalmente, si los métodos cualitativos suponen la construcción del dato en la interacción del investigador con los sujetos a los que estudia (VASILACHIS DE GIALDINO 2000, p.233), la realización del trabajo de campo y el intercambio con los entrevistados modifica la manera de ver y comprender el mundo de el/la investigador/a. Conjugar ello con las posibilidades que brinda la autoetnografía significó en mi trabajo revisar mis propios prejuicios y temores, reconocerme como parte de la investigación y en la indispensable tarea de analizarme a mí misma como lo hago con los/as otros/as colaboradores/as o entrevistados/as. Se trató de comprender nuevas prácticas, abrazar nuevas concepciones y cambiar mi perspectiva frente al tema de investigación y a mis colaboradores/as. En conjunto, las experiencias del trabajo de campo me permitieron encontrar algunas respuestas pero, sobre todo, nuevas preguntas que siguen estimulando mi reflexión y creatividad. [66]

Notas

1) Las provincias de Córdoba, Formosa, Mendoza, Santa Cruz, Salta y Buenos Aires estaban gobernadas por el Frente Justicialista de Liberación (FREJULI). Esta fórmula gubernamental "era una alianza de varios partidos, integrados entre otros por el Partido Justicialista (o también llamado partido Peronista), el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), la Democracia Cristiana, el Partido Conservador Popular y el Movimiento de Acción Popular" (SERVETTO 2004, p.145). En abril de 1973, en Córdoba ganó en segunda vuelta con más del 50% de los votos la fórmula del FREJULI encabezada por Ricardo OBREGÓN CANO y Atilio LÓPEZ, "habían recibido el apoyo de los sectores más radicalizados del peronismo y de los gremios y dirigentes sindicales más combativos" (SERVETTO 2004, p.145). <regresar>

2) La posición política del FREJULI en Córdoba se vio articulada con otra a nivel sindical porque la conducción de la CGT regional se caracterizó "por una relativa autonomía con respecto a la central obrera nacional y las posturas políticas e ideológicas de varios dirigentes obreros se perfilaron por contenidos combativos y de izquierda" (SERVETTO 2004, p.146), estaban asociados con formas de conducción vinculadas con la "participación directa de las bases" (p.148). <regresar>

3) La traducción de todas las citas desde el inglés al idioma en español son mías. <regresar>

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Autora

Vanesa GARBERO es magister en sociología por el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba. Está cursando su doctorado en cencias sociales en la Universidad de Buenos Aires y es becaria del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Investiga las memorias y representaciones de la sociedad civil en torno al terrorismo de Estado, las tensiones entre memorias locales y la oficial y las políticas públicas vinculadas con el pasado reciente.

Contacto:

Vanesa Garbero

Centro de Investigaciones y Estudio sobre Cultura y Sociedad (CONICET y UNC)
Rondeau 467, piso 1
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Argentina

Tel.: +549 351 4341124
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E-mail: vanegarbero@yahoo.com.ar

Cita

Garbero, Vanesa (2015). Desconstruyendo jerarquías. Reflexiones autoetnográficas sobre un trabajo de campo en barrios aledaños al ex Centro Clandestino de Detención Tortura y Exterminio de Campo la Ribera (Córdoba, Argentina) [66 párrafos]. Forum Qualitative Sozialforschung / Forum: Qualitative Social Research, 16(3), Art. 35,
http://nbn-resolving.de/urn:nbn:de:0114-fqs1503359.



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