Volumen 17, No. 3, Art. 12Septiembre 2016



Analítica o evocadora: el debate olvidado de la autoetnografía

Xavier Montagud Mayor

Resumen: Existe la necesidad de una estrategia metodológica eficaz para sostener la investigación sobre la práctica profesional de los servicios sociales. La oposición entre el trabajo autoetnográfico de Carolyn ELLIS y Arthur BOCHNER (2000, 2006) y la propuesta analítica de Leon ANDERSON sirven como una lente a través de la cual explorar los aspectos clave de esta discusión. Mientras ELLIS y BOCHNER rechazan cualquier intento de abstracción o sistematización teórica, ANDERSON pretende tender puentes entre la tradición etnográfica y las formas emergentes de narrativa personal. Después de revisar la literatura autoetnográfica, concluyo que si bien la autoetnografía evocadora parece gozar del apoyo mayoritario en este campo, podría ser enriquecida por el enfoque analítico.

Palabras clave: investigación de la práctica profesional; metodos narrativos; autoetnografía; analítica; autoetnografía evocadora; enfoques comparados

Índice

1. Introducción

2. La autoetnografía

3. La autoetnografía evocadora

4. La autoetnografía analítica

5. Los términos del debate evocativo versus analítico

6. Conclusiones tras la batalla

Notas

Referencias

Autor

Cita

 

1. Introducción

¿Qué ocurre cuando queremos estudiar un hecho o fenómeno social que forma parte de nuestra cotidianidad personal y profesional? ¿Cómo afrontamos su análisis e investigación si convivimos y nos confundimos como una parte indivisible del mismo? ¿Qué tipo de conocimiento podremos obtener y cuál será su validez? A este tipo de preguntas se nos responde de manera recurrente que debemos buscar el modo de distanciarnos de aquellos condicionantes que pueden estar influyendo en nuestros planteamientos, preservando ante todo nuestra objetividad. Sin embargo, en ocasiones, es difícil seguir estos preceptos, si no es a cambio de obtener un resultado objetivo en apariencia pero neutro y vacuo en el contenido. En mi caso, el interés por estudiar las crecientes dificultades de los servicios sociales para alcanzar resultados significativos en la lucha contra la vulnerabilidad estaba ligado a una experiencia personal y profesional de más de veinticinco años de la que parecía imposible desligarme. [1]

Pretendía buscar y probar la existencia de unos límites en la capacidad de los servicios sociales para modificar y mejorar la situación de las personas y familias en situación de pobreza, vulnerabilidad y/o exclusión social. Los escasos y frágiles datos empíricos con los que contrastar esta hipótesis no eran concluyentes. A pesar de ello, tenía el recuerdo de haber topado de bruces a lo largo de los años con situaciones y circunstancias que así parecían indicarlo. Sabía de entrada que esa noción de "los límites" variaría según la experiencia y subjetividad de cada uno, comenzado por la propia. Pero el mayor obstáculo era cómo conseguir relacionar e interpretar esa experiencia personal con la obtención de un conocimiento, a la vez rico y profundo, capaz de sostener esta idea dentro de ciertos cánones científicos. Con ese objetivo, exploré las oportunidades que ofrecía una forma particular de investigación, la autoetnografía, para aunar el análisis de aquellos condicionantes personales que como personal investigador interfieren en la construcción de nuestro objeto de estudio con la adquisición de conocimientos surgidos de la reflexión e interpretación de la experiencia. [2]

Lo que desconocía era que en ese camino iba a encontrar una fuerte controversia entre dos modos de entender la autoetnografía, uno que se centra en la capacidad para transmitir la complejidad de la realidad y las vivencias del sujeto y otro que persigue metas que van más allá, como la capacidad de abstracción y generalización teóricas. Este debate, pese a la intensidad con la que se vivió en Estados Unidos, ha alcanzado escasa resonancia en Europa y en particular en España, donde ha sido soslayado a favor de una única opción. Sin embargo, en mi opinión, plantea una cuestión primordial al cuestionar la legítima aspiración a obtener algún tipo de conocimiento que ayude a progresar en el estudio que me había propuesto. [3]

La posibilidad de producir conocimiento científico es sin duda uno de los propósitos fundamentales de la investigación científica y por ende una pretensión del personal investigador que se precie. Persigue con ahínco el conocimiento, incluso a la fuerza de que su fruto pueda ser invalidado. Quizás por ese motivo es más elocuente esta disputa sobre las cualidades y capacidades de la autoetnografía para promover un conocimiento pertinente y útil que permita disponer de otra herramienta con la que tratar determinados temas, que por su dificultad, apariencia o abstracción son orillados o vaciados de su verdadero sentido. [4]

La contienda se plantea entre dos bandos. Mientras en el primero, encabezado por Carolyn ELLIS y Arthur BOCHNER (2000, 2006; ELLIS, ADAMS & BOCHNER, 2010), y apoyado por toda una autoridad en el terreno de la investigación cualitativa como Norman DENZIN (2006), la autoetnografía no tiene capacidad para producir generalizaciones científicas o conocimiento teórico, al menos no en los términos tradicionales, en opinión del otro bando, en el que se encuentran como voces más reconocidas la de Leon ANDERSON (2006a) o Sara DELAMONT (2007), este ejercicio de reflexividad debe ser compatible con la consecución de ciertos objetivos de desarrollo teórico que permitan trascender lo meramente individual, convirtiendo una experiencia subjetiva en parte intrínseca de la investigación (DAVIES 1999). [5]

Esta última posibilidad era sumamente importante para mi pues de ella dependía la pertinencia y sólidez con la que me proponía conducir la investigación. Este artículo es el resultado de esa búsqueda. Su lectura se inicia con una breve descripción de la autoetnografía y el espacio que ocupa en la historia de la investigación narrativa. A continuación se presentan los principales rasgos de la apuesta evocadora, exponiendo algunos trabajos que se han desarrollado siguiendo esa corriente. En el cuarto apartado encontramos a la otra parte, que tras criticar el carácter exclusivamente evocativo de la autoetnografía, plantea su propuesta analítica. El siguiente epígrafe expone los términos nucleares del debate. El desarrollo de los principales puntos de desencuentro permite contrastar las posiciones de cada parte y tener una idea más clara del modo en que entienden la autoetnografía como método de investigación. Se cierra el articulo con la descripción de cómo han evolucionado cada contendiente en el campo de la investigación narrativa al tiempo que se exponen las principales conclusiones a las que he llegado tras su estudio. [6]

2. La autoetnografía

El ejercicio de escribir sobre la propia vida con un fin científico es una vieja aspiración. Surge como posibilidad dentro del proceso de desencantamiento de un mundo basado en grandes narrativas (LYOTARD 1984) que considera que no existe una verdad objetiva sino sólo narrativas sobre la verdad (BARTHES 1987 [1984]; IBAÑEZ 1994), y que defiende como legítima la valorización de la experiencia vivida por quienes la protagonizan. Inscrita en el paradigma constructivista- interpretativo convive con otras estrategias que toman como centro la experiencia narrada del sujeto. Hoy todas estas iniciativas se aglutinan dentro de un campo particular de la investigación cualitativa: la investigación narrativa. En su interior, se encuentra toda una serie de enfoques resguardados indistintamente bajo la nomenclatura de práctica analítica creativa (RICHARDSON 2000) o autometodologías (PENSONEAU & TOYOSAKI 2011). En ellas se sitúa la autoetnografía junto a otras viejas prácticas como la autobiografía o la etnografía reflexiva. Todos ellas presentan como característica más relevante conocer y teorizar acerca del yo, desde el yo y para el yo (SCHRAG 1997) mediante un tipo de narrativa que aúna el lenguaje artístico con el de las ciencias sociales, dando lugar a un texto creativo que pone en valor la experiencia del sujeto y lo conecta con su entorno social. [7]

La autoetnografía surge durante los años setenta de la rama etnográfica de la antropología cuando ésta se encontraba inmersa en una fuerte crisis de representación a causa de la parcialidad pretendidamente científica que había ejercido durante la etapa colonial. A mediados de los ochenta, algunos etnógrafos reaccionan contra esta tendencia proponiendo un cambio de orientación que supone pasar de una autoridad científica, distanciada presumiblemente del objeto de estudio, a una autoridad "interpretativa" que asume y reconoce estar traduciendo sus observaciones. Se alumbra así la renovación del método etnográfico a una nueva praxis orientada al self, (SCHRAG 1997) que acepta la intersubjetividad entre el sujeto, el objeto y el medio de investigación sin abdicar de su pretensión científica. [8]

El término autoetnografía ha estado en circulación durante las tres últimas décadas en el ámbito de la antropología y la etnografía aunque su alcance y significado se hayan visto alterados durante el curso de los años. La primera mención aparece en un artículo de David HAYANO (1979, p.100)1) para referirse a:

"Aquellos estudios culturales de los antropólogos sobre su propia comunidad en los cuales el investigador dispone de información privilegiada en virtud de su condición de 'nativo' adquiriendo una íntima familiaridad con el grupo o logrando la condición de miembro pleno en el grupo que está siendo estudiado."2) [9]

HAYANO (1979) limitó su definición al campo de la antropología. No obstante con el tiempo ha ido ganando simpatizantes y hoy el término, admitiendo su honda raíz etnográfica, adquiere un significado más amplio en campos tan diversos como la sociología, la psicología, la literatura o la historia. En la actualidad, la definición más aceptada es la de ELLIS et al. (2010, §1) para quienes sucintamente la autoetnografía es "un acercamiento a la investigación y la escritura que busca describir y analizar sistemáticamente la experiencia personal con el fin de comprender la experiencia cultural" En este tipo de investigación, el yo que escribe, ofrece su cuerpo personal y su experiencia como medio, abarcando la experiencia cultural un contexto (físico, simbólico e ideológico) extenso. Destaca por el hecho de que la persona que investiga, lo investigado y la persona que lo narra coinciden en un mismo relato que aspira a revelar un fenómeno o problema social más amplio en el que dicha persona se encuentra inmersa. Como método, la autoetnografía se presenta como la combinación de ciertas características de la autobiografía y de la etnografía, que permiten estudiar las prácticas relacionales de una cultura, sus valores y sus experiencias compartidas, con el propósito de colaborar en la comprensión del todo en el que el autor o la autora se encuentra. [10]

En consecuencia, como en otros campos de las ciencias sociales que han crecido con rapidez, la autoetnografía se ha visto envuelta en una miriada de posibles aplicaciones y significados que han llevado a entenderla de formas diferentes. Tal vez por ese carácter fronterizo entre la ciencia y la literatura que defiende BELLVER (2001) se han planteado varios litigios sobre su significado y posibilidades como fórmula de investigación. Uno de ellos resulta particularmente interesante, el que ha enfrentado la evocative autoethnography [autoetnografía evocadora] de ELLIS y BOCHNER (2000) con la propuesta de la analytic autoethnography [autoetnografía analítica] de ANDERSON (2006a, 2006b). La contienda se plantea al considerar la autoetnografía como producto y enfrentar dos visiones: quienes la presentan como la evocación ordenada de un fenómeno que persigue emocionar y quienes pretenden ir más lejos de la seducción con ánimo científico. [11]

3. La autoetnografía evocadora

Si con HAYANO la autoetnografía se establece como método de investigación en la década de los ochenta, no será hasta veinte años más tarde que esta opción se difunda con amplitud. Carolyn ELLIS (1991, p.30) alentará entonces "a utilizar la auto-observación como parte de la situación a estudiar para la auto-introspección y la auto-etnografía, como un legítimo foco de estudio de si en si mismo". No obstante, no es hasta iniciado el nuevo siglo que la autoetnografía alcanzará su máxima expresión gracias a la labor tanto individual como conjunta de esta autora y de Arthur BOCHNER. Su concepción es que la autoetnografía es, además de un método, tanto un proceso como un producto. Si como método, incorpora las prácticas relacionales de su experiencia con una cultura, sus valores y creencias comunes, como proceso ELLIS y BOCHNER (2000, p.739) aluden a:

"un género autobiográfico de escritura e investigación que muestra múltiples capas de la conciencia, conectando lo personal a lo cultural. La mirada de ida y vuelta de los autoetnógrafos, primero a través de una amplia lente angular etnográfica, enfocando hacía el exterior sobre los aspectos sociales y culturales de su experiencia personal; después, mirando hacia dentro, exponiendo un 'yo' (self) vulnerable, que se desplaza y puede moverse a través de, refracta, y se resiste a las interpretaciones culturales." [12]

Por otro lado, para la autoetnografía evocadora, la autoetnografía como producto, consiste en un texto estético y evocador que utiliza técnicas a través de las que es posible mostrar los pensamientos, emociones y acciones de quienes las protagonizan con el fin de que experimenten esa misma experiencia o una parte de ella. Esos textos, generalmente de corta extensión y escritos en primera persona, se pueden presentar en diversos formatos: poesía, historias cortas, ficción, novelas o ensayos fotográficos y en ocasiones con todos o varios de ellos en uno. [13]

Ahora bien, desde su aparición han ido confluyendo en este mismo espacio distintas prácticas narrativas que reciben nombres similares o tienen significados parecidos. Ante tal situación ELLIS (2004, p.30) ofrece una caracterización de los rasgos que debe reunir un ejercicio narrativo que pretenda ser calificado como autoetnografía:

  • Debe escribirse generalmente en primera persona, lo que hace de sí mismo/a el objeto de investigación.

  • El foco de cualquier generalización estará por lo general dentro de un sólo caso en el tiempo, en lugar de hacerlo a través de múltiples casos.

  • La escritura se asemejará a una novela o biografía en el sentido en que se presente como una historia con una persona que narra, personajes y una trama.

  • Las relaciones se deben dramatizar como episodios conectados que se desarrollan en el tiempo y no como instantáneas.

  • La vida de la persona que investiga se estudia junto con las vidas del resto de participantes en una conexión reflexiva.

  • La accesibilidad de la escritura posiciona a quien lo lee como participante que se involucra en el diálogo, en lugar de ser receptora pasiva.

  • El texto narrativo debe ser evocativo, revelando a menudo detalles ocultos de la vida privada y destacando la experiencia emocional. [14]

De esta relación se pueden entresacar aquellos rasgos que considero sustanciales. Evidentemente, uno de los signos identificativos de la escritura autoetnográfica es que consigue hacer bien visible el yo de la persona que investiga. Buceando entre los diferentes trabajos publicados se encuentran varios ejemplos de ese diverso nivel de implicación. Desde el grado personalísimo que representa la investigación de R.F. MURPHY (1987) sobre el mundo de la discapacidad a través de su propia condición como discapacitado en "The Body Silent: The Different World of Disability", al de Carol RAMBO (2005) en "Impressions of Grandmother: An Autoethnographic Portrait" donde la autora explora un momento histórico, el de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, a través de las conversaciones con su abuela, hasta el trabajo de Chaim NOY (2007), "A Narrative Community: Voices of Israeli Backpackers", en el que el autor describe y analiza la experiencia, que él mismo vivió, de jóvenes israelíes que viajan con una mochila durante el año sabático posterior a su servicio militar. En todos ellos se encuentran distintos niveles de implicación del yo, más o menos intensos, que comparten convertir la propia experiencia de la persona que investiga en objeto de la investigación. Dicha visibilidad demuestra el grado de compromiso de quien investiga con el mundo social que estudia y confirmaría en opinión de DAVIES (1999, p.5) que el objetivo de la etnografía reflexiva (y autoetnografía) es "tratar de desarrollar formas de investigación que sean plenamente reconocibles y utilizar la experiencia subjetiva como una parte intrínseca de la investigación". [15]

Otro de los signos de identidad que los defensores de la autoetnografía evocadora señalan es que el foco de observación debe estar situado en un caso particular, a ser posible el de la propia persona que investiga. Así ocurre en el texto de ELLIS (2003) "Grave Tending: With Mom at the Cemetery" en el que indaga sobre ciertos ritos familiares como la costumbre de poner flores en las lápidas de los cementerios; o en los textos de MURPHY o RAMBO anteriormente citados. De hecho es esta una característica mayoritaria de este tipo de textos. Esta peculiaridad es objeto de fuertes críticas internas y externas a la investigación cualitativa, al considerar que contiene dos importantes elementos de subjetividad: el hecho de que quien investiga forma parte activa del fenómeno y utilizar la propia experiencia como vehículo de investigación. Sin embargo, es indudable que centrar la atención en un sólo caso, es un beneficio que permite mayor agudeza y sensibilidad para el análisis y tratamiento del problema que se desea investigar. [16]

En tercer lugar, la autoetnografía se presenta como una historia en la que coinciden un modo de contar cronológicamente los hechos – propia del género biográfico – con el uso de personajes, de una trama, de una secuencia literaria y suficiente tensión dramática – propia del género narrativo. Todo ello con la clara intención de captar la atención de quien lo lee. Así ocurre en la mayoría de relatos que traigo aquí. Son historias más o menos cortas en las que la persona que opera como autora e investigadora (autoetnógrafa) mediante el uso de metáforas, figuras literarias, diálogos o acompañado de otras voces, relata una experiencia concreta de si mismo (autobiográfica). Si seguimos por ejemplo a ELLIS y BOCHNER (2000), en "Autoethnography, Personal Narrative, Reflexivity: Researcher as Subject", se puede observar cómo transmiten su visión de la autoetnografía a través de tres personajes (ellos mismos como docentes y personal investigador y una alumna) y dos tramas paralelas. Algo análogo ocurre con el texto de R.J. PELIAS (2003) "The Academic Tourist: An Autoethnography", en el que el autor, en un tono humorístico pero perspicaz, muestra a quien lo lee los hábitos y exigencias cotidianas de su vida académica universitaria permitiendo de paso introducir una crítica lacerante al sistema de educación superior. [17]

En "Understandings Dogs", Clinton SANDERS (1999) explora el día a día de los propietarios de perros domésticos. Lo hace estudiando sus hábitos y costumbres, pero también incorporando las opiniones de veterinarios y entrenadores. El hilo conductor es siempre su experiencia personal que le permite reflexionar sobre la especial relación que genera la convivencia con estos seres. En "The Fatal Flaw: A Narrative of the Fragile of the Body-Self", SPARKES (1996) hace lo propio. Estudia su experiencia como deportista de élite que se ve obligado a enfrentarse a un "proyecto de cuerpo interrumpido" cuando una enfermedad de espalda le impide continuar con su actividad deportiva e interfiere en su vida cotidiana. En ambos casos, la vida de quien investiga es analizada junto con la de otras personas en esa situación como objeto de estudio. Sin embargo aquí ya se entrevén algunas diferencias. Por ejemplo, frente al trabajo de SANDERS, la reflexividad que propone SPARKES no se obtiene únicamente ni esencialmente de la experiencia de otras voces sino aportando un sólido cuerpo teórico que da soporte al estudio. Para ello se apoya en la inclusión de datos estadísticos, informes clínicos, o en una selección de artículos de prensa relacionados con las exigencias de la alta competición, sin que por ello el relato que se obtiene, olvide o relegue su carácter reflexivo. Se puede afirmar que pese a las diferencias entre los dos textos ambos permiten acceder a los hechos y participar cognitiva y emocionalmente en ellos. [18]

Se topa así con el rasgo más relevante de la autoetnografía en opinión de ELLIS y BOCHNER (2000) para quienes las narraciones se presentan como historias que deben crear el efecto de realidad y que deben mostrar la complejidad de las vivencias y de los conflictos humanos. Son de este modo una forma de rechazar el caos, la desconexión, la fragmentación, la marginalización y la incoherencia de nuestras vidas, preservando o restaurando su continuidad y coherencia frente a los golpes inesperados del destino. Son el tipo de textos que los autoetnografos denominan narrativas evocadoras. [19]

Para ELLIS y BOCHNER, el término evocador "contrasta los objetivos expresivos y dialógicos con las orientaciones más tradicionales y representativas de las ciencias sociales" (p.744). En ellas el relato se desprende de la jerga académica y de la abstracción teórica para privilegiar "las historias sobre los análisis, permitiendo y favoreciendo lecturas alternativas y múltiples interpretaciones" (pp.744-745). Así, los textos deben exhortar a quienes los leen para que sientan la veracidad de sus historias, para que se conviertan en participantes, enganchándoles al hilo de una historia moralmente, emocionalmente, estéticamente e intelectualmente. [20]

Son innumerables los ejercicios escritos en los que se invoca ese mismo espíritu. Desde los aparecidos a principios de los noventa hasta los más recientes. En "A Choice for K'aila", PAULETTE (1993) describe el dilema de unos padres (ellos mismos) ante la decisión de aceptar o no un trasplante de hígado para su hija y todas las consecuencias que puede acarrear. En el texto de CLARKE (1992) "Asthma as a Way of Becoming", la autora reflexiona sobre su experiencia como madre de una hija asmática, e incorpora al texto algunos párrafos escritos por su hija, acompañados de poesías e ilustraciones que pretenden reforzar el mensaje. Más recientemente, PELIAS (2003) en el texto antes citado, traslada a quien se acerca, el sentimiento de monotonía, las inacabables servidumbres de la carrera académica. Recurre a tal fin al uso de frases largas sin pausas ni descansos, que al mismo tiempo, desvelan con familiaridad la pericia y cultura de su autor.3) Más adelante, otro prolífico autor en este campo, R. BOYLORN (2006), escribe "E Pluribus Unum", en el que trata la experiencia de estudiantes de máster de raza negra en una institución universitaria "blanca" para lo que no duda en utilizar la narrativa y la poesía. Ya más recientemente, en uno de los escasos ejemplos en español de autoetnografía, el texto de la mejicana AGUIRRE ARMENDARIZ (2012) "Un recorrido autoetnográfico: de las construcciones sociales de la sequía hacia otras construcciones posibles", convoca un elenco de voces autorizadas de la investigación cualitativa y autoetnográfica, que en una sucesión de conversaciones figuradas en las que la autora también participa, transmite el recorrido epistemológico que le lleva en su proyecto de investigación hasta la autoetnografía, con el objeto de estudiar el problema de la sequía en el norte de México. [21]

Todos estos textos pueden ser considerados autoetnografías pues tienen en común emocionar. Para ELLIS y BOCHNER (2000), quienes investigan y escriben autoetnografías deben producir descripciones densas (GEERTZ 1988 [1973]), estéticas y evocadoras de la experiencia personal y de las relaciones que se establecen con otras personas a fin de ser "capaces de alcanzar a mayores y más diversas audiencias que la investigación tradicional" (ELLIS et al. 2010, §14). [22]

Para ello no se debe dudar en alternar los puntos de vista de los personajes, incorporar diálogos, sumar poesías o incluir fotografías. Todo aquello que contribuya a la sensibilización, su principal objetivo. Llegando si es preciso, a sacrificar ciertos criterios de cientificidad de la investigación en aras de asegurar la capacidad de emocionar. La autoetnografía evocadora no pretende teorizar o generalizar sobre un caso – al menos no en el sentido al que estamos acostumbrados – sino producir investigación significativa, accesible y sugerente que permita "experimentar una experiencia" (ELLIS 1993, p.711). Como sostienen, "Las preguntas más importantes que los autoetnógrafos deben contestar son: ¿quién lee nuestro trabajo?, ¿cómo se ven afectados por él? y ¿cómo mantener una conversación?" (ELLIS et al. 2010, §39) [23]

En mi caso perseguía objetivos similares. Quería estudiar la intervención de los servicios sociales desde mi experiencia particular. Convertirla en un hilo que permitiera analizar algunos de los elementos en los que creo que residen esos "límites de la intervención social". Utilizar el yo con la intención de subrayar las opiniones como fruto de una experiencia vivida en primera persona, y al expresar tal condición, convertirme en objeto de esa misma investigación. No sólo de esa, sino de la aquellas que puedan acometerse en el futuro. Transmitir la impresión de que esa vida particular se conecta a otras con las que comparte una misma suerte y los sinsabores de la acción social. Pretendía descubrir y acercar una historia humana, conocer cómo se configuran algunos de los elementos que definen la personalidad de quienes se implican en las relaciones de ayuda en las profesiones sociales, su habitus profesional. Sumergirme en el proceso de formación académica y en su choque con la realidad. Afrontar los problemas al mismo tiempo que como protagonista los descubría, reflexionaba y tomaba sus propias decisiones. Todo con el fin de mostrar los elementos que a mi juicio obstaculizan la intervención desde los servicios sociales. [24]

Sin embargo, perseguía algo más que evocar mi experiencia. Aspiraba a trascenderla. A convertirla en parte de la investigación, de modo que sirviera a la descripción y explicación de un fenómeno más amplio. Ambicionaba algún tipo de conocimiento o de cuerpo teórico que permitiera avanzar en este campo. Y en ese sentido la autoetnografía tal y como había sido formulada por ELLIS y BOCHNER (2000) parecía estar lejos de proporcionarme tal posibilidad. [25]

4. La autoetnografía analítica

Desde que HAYANO presentara en sociedad la autoetnografía hasta que ELLIS y BOCHNER le otorgaran el sentido evocador con el que hoy se la conoce mayoritariamente, ha sumado seguidores y detractores. De entre estos últimos, algunos como ATKINSON (1997) o DELAMONT (2009) han criticado el uso sesgado de la experiencia en la investigación, mientras otros como HOOKS (1994) o KELLER (1995) han considerado que no era lo suficientemente rigurosa para considerarla un método científico. Sin embargo la crítica más importante ha sido la planteada desde dentro por Leon ANDERSON (2006a) que cuestiona la resistencia de la concepción evocadora a perseguir ciertas metas analíticas tradicionales en las ciencias sociales como la abstracción y la generalización. [26]

Estas críticas son el germen que motiva la aparición de una corriente, también proveniente de la etnografía, que plantea la posibilidad y pertinencia de que esas reflexiones personales se construyan de modo que permitan trascender lo meramente individual. Algo a lo que la corriente comandada por Carolyn ELLIS se opone con rotundidad. Consideran que su narrativa rechaza el impulso a la abstracción y la explicación pues como expresan sus defensores anhela ser utilizada en lugar de analizada; contada en vez de ordenada; y repetida y copiada una y otra vez en lugar de encasillada (ELLIS & BOCHNER 2006). [27]

Estas y otras pugnas configuraran, a pesar de que comparten una misma raíz epistemológica, dos formas distintas de entender la autoetnografía. Mientras la primera impugna cualquier intento de sistematización, la segunda pretenderá tender puentes entre la tradición etnográfica y otras formas emergentes de narrativa personal. Mientras la primera es calificada como autoetnografía evocadora, la otra se dará a conocer como autoetnografía analítica. [28]

Para Leon ANDERSON (2006a), la autoetnografía analítica se reivindica como sucesora de una amplia tradición del realismo etnográfico que pretende la elaboración de un informe preciso, objetivo y científico sobre un fenómeno (cultura en su origen etnográfico) después de haber estado inmerso en él. Sostiene, como también en su momento hizo COFFEY (1999) que siempre ha existido un elemento autoetnográfico en la investigación sociológica cualitativa (por ejemplo la redacción de los cuadernos de campo) sin que ello impidiera generar conocimiento teórico o capacidad de generalización. Apoya su argumento aludiendo al primer trabajo de HAYANO (1982) "Poker Faces" en el que ya se encuentra el propósito de obtener algún tipo de generalización del estudio del comportamiento de los jugadores profesionales de cartas entre los que el autor convivió durante un tiempo. Él mismo en la presentación formal de su propuesta "Analytic Autoethnography" describe la forma de entender la autoetnografía como:

"un trabajo etnográfico en el que el investigador es (1) miembro de pleno derecho en el grupo de investigación o ajuste, (2) visible como cualquier otro miembro en el texto de la investigación publicada, y (3) comprometido con la agenda de investigación analítica, centrada en la mejora de la comprensión teórica de los fenómenos sociales más amplios" (ANDERSON 2006a, p.375). [29]

El principal apoyo con el que argumentará su propuesta son los textos de autores y autoras en los que ANDERSON (2006a) identifica rasgos analíticos de la autoetnografía. De entre ellos destaca el libro de Robert MURPHY (1987) "The Body Silent", al que anteriormente nos hemos referido, y más tarde, en los propios trabajos del autor, "Standing Out While Fitting In" (ANDERSON & TAYLOR 2010) y "Time is of the Essence: An Analytic Autoethnography of Family, Work, and Serious Leisure" (ANDERSON, 2011) en los que estudia la práctica del paracaidismo deportivo y su efecto en las relaciones familiares a través del análisis de su propia experiencia. Para ANDERSON (2006a) todos estos relatos demuestran que la profundidad personal y la auto-observación pueden elevarse por encima de las particularidades idiográficas, permitiendo abordar cuestiones teóricas más amplias como la enfermedad, la familia, el miedo, etc. [30]

Como se puede observar hay puntos de conexión evidentes entres ambas propuestas (reflexividad, sujeto que investiga-sujeto de investigación, etc.). A pesar de ello adquirien mayor relevancia las discrepancias. Una lectura detenida de ambas propuestas fija los términos del desencuentro en tres aspectos: la forma de entender la visibilidad narrativa del sujeto, el programa analítico y la capacidad de generalización. Veamos pues en qué términos se produce esa disputa y hasta qué punto resultan incompatibles. [31]

5. Los términos del debate evocativo versus analítico

Las primeras discrepancias las plantea DENZIN (2006) al considerar la fundamentación teórica de la autoetnografía. Mientras veíamos como ANDERSON (2006a) la reivindica como continuadora de ciertos presupuestos del interaccionismo simbólico que surgieron de la primera Escuela de Chicago, para DENZIN (2006), la autoetnografía supone precisamente la ruptura con todo ese pasado pues considera que no le permite hacer el tipo de trabajo que desea. Todo ello le lleva a considerar que la propuesta de autoetnografía analítica y la autoetnografía evocativa o performativa son, siguiendo su símil, como manzanas y naranjas, completamente distintas. [32]

Centrando ahora el debate en cómo debe ser considerada y cuáles deben ser sus rasgos definitorios, nos topamos con varios desacuerdos. El primero se plantea sobre el grado de visibilidad narrativa del yo de la persona que investiga. Si bien ANDERSON (2006a) está de acuerdo en que en el interior de los textos autoetnográficos debe ser claramente perceptible la participación de quien investiga, considera que este pierde su promesa sociológica cuando se convierte en una mera especie de autoabsorción que nos lleva a ser emocionalmente conmovedores o a convertir la exposición del yo en un artificio del texto que no se sabe a dónde llevará. Coincide así en las prevenciones que MATON (2003), PERRENOUD (2004) o SPARKES y DEVÍS (2007) hacen respecto de este tipo de ejercicios reflexivos, es decir, sobre el riesgo de convertirlo en un juego del lenguaje, una mera autoflagelación o justificación de si mismo. El verdadero objetivo para ANDERSON (2006a) debe ser pues utilizar esa auto-narración para desarrollar y refinar ciertas generalizaciones y comprensiones teóricas de los procesos sociales. [33]

En su réplica, ELLIS y BOCHNER (2006, p.435) defienden precisamente la naturaleza evocadora de la autoetnografía. Consideran que "la evocación es una meta, no un tipo de autoetnografía". Recriminan a ANDERSON que lo que él hace es una "autoetnografía distante" que en realidad pretende "utilizar el mundo de la experiencia principalmente como un vehículo para el ejercicio de la cabeza" [...] Quiere dominar, explicar y comprender" (ELLIS & BOCHNER 2006, p.436). DENZIN (2006) se suma en este punto al debate, recordándole a ANDERSON que el buen etnografo siempre se ha documentado y ha analizado los fenómenos sin perder el enfoque de investigación y sin dejar de incluirse en él. Por consiguiente no existe tal peligro de autoabsorción sino en su obsesión por controlar la emoción del texto. [34]

Por mi parte, al estudiar los primeros textos autoetnográficos, no he observado grandes diferencias en la posición de quien realiza la investigación. Quizás porque ANDERSON antepone a la autoetnografía evocadora ejemplos que nunca se calificaron a si mismos como tales y a que con posterioridad ha habido escasa producción de textos amparados en esta forma de entender la autoetnografía. Sin embargo cuando he profundizado en los textos de ELLIS y BOCHNER, y sobre todo en el de algunos de sus seguidores, he descubierto que la visibilidad de quien escribe el texto es mucho más comprometida desde el punto de vista de estilo narrativo. Esta apreciación se hace patente en el caso español cuando se contrastan los trabajos doctorales de AGUIRRE ARMENDARIZ (2012) o MAGRANER MORENO (2012) con el mío propio (MONTAGUD MAYOR 2014) o con los textos de referencia de ANDERSON y TAYLOR (2010). [35]

Se hace evidente que muchos de los trabajos de autoetnografía que se adscriben a la corriente evocadora llegan incluso a utilizar la edición tipográfica (contrastando fuentes y tamaños, mezclándolos) con la clara intención de provocar visualmente y dejar clara su presencia como sujetos. Otros mezclan diferentes tipos de documentos como es el caso de MAGRANER MORENO (2012), que combina archivos visuales, sonoros y entrevistas, amén de una aquilatada variedad de recursos narrativos (artículos periodísticos, vídeos promocionales, autobiografía, etc.) para descubrir el recorrido profesional y personal de un investigador e interprete de reconocido prestigio de la música española antigua. [36]

Sin embargo, por grandes que sean esas diferencias, no aprecio que sean definitivamente excluyentes. Ni ANDERSON pretende eliminar completamente lo evocador, ni ELLIS y BOCHNER exigen un determinado grado de implicación en el texto para ser admitido como autoetnografía. En el fondo se aparecen como dos caminos paralelos, que conducen a un mismo lugar: exponer la experiencia personal, en los que se trasluce sobre todo, la pugna por la dirección y el significado preponderante de este método de investigación narrativa. [37]

Este rasgo de la autoetnografía analítica pretende atenuar la amenaza de narcisismo y auto-absorción a la que la persona que investiga se ve confrontada en el relato. A diferencia de la autoetnografía evocadora, que busca la fidelidad narrativa sólo en la experiencia subjetiva de quien escribe, el autor cree que su propuesta procura mantener "un diálogo con informantes que va más allá del yo" (p.386). Plantea como ejemplo el trabajo de SANDERS (1999) Understanding dogs, en el que se utilizan entrevistas y opiniones de otros informantes para contrastar las opiniones propias sin trastocar su identidad ni alterar su posición en el texto. [38]

Por el contrario, ELLIS y BOCHNER (2006) y DENZIN (2006) vislumbran que esta exigencia esconde en realidad un intento por acorralar el sentido de la autoetnografía tal y como la mayoría la entiende, e incluso subordinarla a una supuesta opción más científica. Como señala VRYAN (2006) en un intento por acercar ambas posiciones, una cosa es procurar el diálogo con otros participantes y otra muy distinta que éste sea una exigencia, pues en numerosas ocasiones es impracticable o imposible encontrar oportunidades para ese diálogo. ANDERSON (2006b) por el contrario, considera que tal exigencia no pretende limitar sino contrarrestar la subjetividad subyacente a los textos en que se evoca el autoaprendizaje. A este respecto, considero que las presuntas diferencias no son sino gradaciones de estilo y metodología que dependen de la situación concreta en que se apliquen y del objetivo que persigan. Si se toma de nuevo el texto de AGUIRRE ARMENDARIZ (2012) como un espejo en el que mirarnos, es innegable que la mayoría de los textos evocadores son más prolijos en el coro de voces que participan en él, en la posición en que se ubican y en el peso que aportan al conjunto del texto. Por el contrario en una apuesta analítica las voces no pierden su posición de autoridad con respecto a la de quien escribe, sino que buscan refrendarla y confrontarla. [39]

Ahora bien, el principal terreno en disputa es en opinión de ELLIS y BOCHNER (2006) la forma en que ANDERSON (2006a) entiende su compromiso con el programa analítico:

"El objetivo de la etnografía analítica no es simplemente documentar la experiencia personal para proporcionar 'una perspectiva como informante privilegiado' o para conjurar las resonancias emocionales con el lector. Más bien, la característica definitoria de las ciencias sociales analíticas es el uso de datos empíricos para profundizar en un conjunto más amplio de fenómenos sociales que los proporcionados por los propios datos. [...] Esto distingue a la autoetnografía analítica de la evocadora y similares formas de narración en primera persona" (pp.386-387). [40]

Para este autor la iluminación teórica que proporciona la autoetnografía analítica no tiene la intención de producir lo que ELLIS y BOCHNER (2000, p.744) denominan "conclusiones debatibles". Si bien ANDERSON (2006a, p.388) se aleja de los postulados más empiristas que se afanan en someter a análisis computacional los resultados obtenidos de las narrativas, considera que la autoetnografía analítica debe trascender lo particular a través de generalizaciones más amplias. Por contra, ELLIS y BOCHNER (2006, pp.439) sostienen que las autoetnografías sí contienen elementos analíticos pero sólo en el sentido en el que "cuando las personas cuentan historias, emplean técnicas analíticas para interpretar sus mundos", no como instrumentos universales para el análisis de cualquier texto. También DENZIN (2006) se muestra crítico al respecto. Su objetivo no es un producto científico sino una forma de escritura performativa, pedagógica, que hable y escuche desde el corazón, lo cual considera es del todo incompatible con la versión de su oponente. [41]

Respecto a esta última cuestión, la capacidad para la generalización, ELLIS (2004) y ELLIS y BOCHNER (2006, p.437) DENZIN (2006) creen que ANDERSON se alimenta de esa misma corriente tradicionalista que sólo otorga valor a la investigación sociológica por su capacidad para generalizar y que presume que sólo hay una forma principal de análisis sociológico. Aunque admiten que la generalización es posible, sostienen que en todo caso, esta será distinta, mediante la que ellos denominan "la prueba de los lectores". Una sucesión de lecturas, relecturas y reescrituras desencadenadas por el texto, donde se comprueba la capacidad para congregar emociones u opiniones sobre el fenómeno que se trata. Esta estrategia, que se asienta en la negación de la existencia de una "narrativa maestra", busca acreditar la validez de esas "múltiples voces" como una sucesión de textos, que unos sobre otros, van construyendo paso a paso otro tipo de conocimiento. [42]

ANDERSON (2006b) muestra su desacuerdo con el argumento de que la búsqueda de generalizar más allá de un caso individual sea mantenerse al margen (faltar en realidad al principio básico de la persona que investiga como integrante plena del universo investigado) puesto que los conocimientos sociológicos obtenidos deben permitir comprender mejor los contextos futuros y aventurar posibles soluciones o mejoras de los problemas o fenómenos estudiados. Rechaza por consiguiente que haya en él un deseo irrefrenable por controlar y dominar desde lo particular. [43]

6. Conclusiones tras la batalla

Estos son los términos en los que se ha planteado la disputa. Pero incluso en ella se buscan espacios para el encuentro:

"incluir los datos de y sobre otros no es un requisito necesario de toda autoetnografía analítica; la necesidad, el valor y la viabilidad de estos datos varían en función de las características específicas de un proyecto determinado y de los objetivos de su creador" (VRYAN, 2006, p.406). [44]

En cualquier caso, desde el punto de vista metodológico, no he hallado argumentos tan poderosos a estas alturas, ni pruebas tan concluyentes, más allá de los pocos ejemplos que aporta ANDERSON (2006a, 2006b) y de la propuesta de PACE (2012), que permitan afirmar, que la autoetnografía como método admite la generalización y producción teórica. Tampoco todo lo contrario. Lo más que he podido atestiguar es que la autoetnografía analítica ha adquirido, y yo con ella, ese compromiso. Por lo demás y aunque ya han pasado algunos años, es todavía demasiado pronto para manifestar si lo conseguirá o no. En consecuencia la prudencia aconseja dejar abiertas las puertas. [45]

¿Qué conclusiones se pueden extraer de este enfrentamiento dialéctico? No me detendré excesivamente en las cuestiones acerca del nombre o significado que debería tener este método y que ocupan buena parte de los ensayos de las partes. Para una minoria (ATKINSON, 2006; WALL, 2006) bajo el nombre de autoetnografía, se encuentra un método de investigación que formaría parte de una noción más amplia de la autobiografía. Para una mayoría (ADAMS & HOLMAN JONES 2008; ANDERSON 2006a; DENZIN 2003; ELLIS & BOCHNER 2000), aun considerando que se trata de un ejercicio autobiográfico, mientras este se ubica en el paradigma positivista buscando reconocimiento, la autoetnografía es una mezcla indisoluble de elementos considerados tradicionalmente subjetivos (ser sujeto y objeto de investigación a la vez; utilizar figuras literarias o ficciones, etc.). En un esfuerzo por equilibrar ambas posturas hay también quienes la sitúan en la frontera (BELLVER 2001, p.260). Todas las partes sin embargo no dudan en otorgarle carta de naturaleza. [46]

En un intento por concitar las posturas, concluiré entendiendo por autoetnografía una forma particular de escritura que busca aunar las intenciones etnográficas (mirando hacia el exterior de un mundo que hay más allá de cada persona) y autobiográficas (mirando hacia el interior de su propia historia) con la intención de captar la atención de quienes se acercan al relato sobre un fenómeno o problema del que quien investiga forma parte y sobre el cual hay opiniones que señalan que es posible deducir algún tipo de generalización. [47]

Cuestión distinta es dictaminar qué adjetivo debe acompañarla. Cualquiera de las partes está legitimada para darle el significado que más le convenga. De hecho creo que la autoetnografía evocadora y la analítica son dos extremos de una misma práctica a la que no dejan de llegar nuevos pretendientes (se habla también de autoetnografía performativa, poética, visual) y que todavía tiene por delante recorrido. En la autoetnografía evocadora quien investigue se inclinará por un texto que sobretodo buscará emocionar, mientras que en la autoetnografía analítica, el estilo literario estará subordinado al fin principal, que es la explicación y producción de un conocimiento que vaya más allá de la mera experiencia individual. Se proclamará de una u otra forma dependiendo del objetivo que persiga o del estilo más o menos sugerente que escoja quien investigue así como de las posibilidades materiales con las que cuente. Pero también dependerá de su capacidad y habilidad para utilizar y recrear un estilo literario particular pues como recuerda NOY (2003), no hay receta o forma correcta de escribir una autoetnografía. Es decir, el tipo de autoetnografía no sólo depende del objetivo como antes ha afirmado VRYAN (2006) sino además de la habilidad o capacidad de la persona que investiga. En términos parecidos se pronuncia SPRY (2011, p.507): "Toda la potencialidad y posibilidades contenidas en la 'autoetnografía performativa' dependen de la calidad de su informe, de su construcción lingüística y estética, de su capacidad para hacer que la escritura funcione." [48]

Resuelta por ahora la cuestión nominal queda comprobar cómo ha transcurrido el tiempo sobre los contendientes y el campo en disputa. Desde el año 2006, la literatura académica arroja un saldo abrumadoramente favorable a los postulados de la autoetnografía evocadora de ELLIS y BOCHNER. Esta ha visto acrecentado su arraigo en las universidades anglosajonas (especialmente Estados Unidos, Australia y Canadá) y en menor medida en Europa, tanto en el número de publicaciones como de seguidores. No parece en cambio haberle ido tan bien a la autoetnografía analítica. En cierta manera ha ocurrido algo sobre lo que el propio ANDERSON (2006b, p.463) había prevenido:

"Mi propuesta para la autoetnografía analítica se desvanecerá rápidamente si no se apoya en ejemplos convincentes de lo que tan sólo puede ser, ejemplos que convenzan a futuros sociólogos como Kevin Vryan de que puede obtenerse algo de valor mediante la aplicación de la autoetnografía de la manera que he presentado." [49]

El problema con el que se debe enfrentar ANDERSON es que su propuesta se parece demasiado a otros métodos etnográficos de investigación cualitativa (autobiografía etnográfica, biografía reflexiva, etc.) que prefieren mantener su propia identidad a prestarla a otros. A pesar del revuelo que alcanzó este enfrentamiento, son pocos los relatos que han seguido el camino analítico, lo que le ha ido restando paulatinamente posibilidades de reconocimiento e influencia. [50]

Por último ¿qué ganamos de este desenlace? En mi caso, obtengo un claro beneficio: encontrar una alternativa metodológica que, aunque cuestionada, hace posible el compromiso científico que se le supone a una tesis doctoral. Aunque me vea impelido a ser visto y tratado como evocador, la razón me inclina hacia lo analítico. No porque la propuesta de ELLIS y BOCHNER no lo sea, sino porque el propósito de mi ejercicio de investigación narrativa me acerca más a la segunda. Buscaba ante todo la posibilidad de generar conocimiento desde lo particular pero por el camino descubrí que también porque mi capacidad y habilidad como escritor están más próximas al lenguaje científico de ANDERSON que al de ELLIS y BOCHNER. [51]

Concluiré afirmando que el mío es un relato autoetnográfíco de carácter analítico sobre una experiencia personal en los servicios sociales. Aunque esté de acuerdo en que la veracidad, utilidad o fiabilidad de mi ejercicio narrativo se encontrará en la interacción con quienes lo lean en el futuro. No obstante, la sola reflexión disciplinada que implica este tipo de investigación me ha permitido descubrir y tomar conciencia de algunas de las claves y dimensiones del problema de los límites de los servicios sociales que probablemente una apuesta empírica hubiera pasado por alto. En él he descubierto algunas de las piedras que jalonan los límites de la intervención social: la ideologización, la burocratización, la complejidad, la confusión, etc. [52]

Por consiguiente, si bien es débil la presencia y consolidación de la autoetnografía analitica (DENZIN 2006; ELLIS & BOCHNER 2006; WALL 2006) no es menos cierto que la autoetnografía evocadora ha perdido la exclusividad del término. [53]

Notas

1) HAYANO explica en su artículo que oye por primera vez este concepto en 1966, en un seminario de Sir Raymond FIRTH sobre estructuralismo en la London School of Economics para referirse a ciertos estudios antropológicos de Jomo KENYATTA (1938), en HAYANO (1979, pp.99-100). <regresar>

2) Traducción propia del original en inglés. Todas las citas que aparecen en el texto del original en inglés han sido traducidas por el autor del artículo. <regresar>

3) Con el fin de reforzar la idea de cúan difícil es presentar cualquier ejercicio como autoetnográfico convendría en este punto leer el texto de RIVERA (2012) cuyos objetivos son similares a los de PELIAS (2003) aunque el estilo sea bien distinto. RIVERA mediante un proceso autoanalítico reflexiona también en torno a los problemas y miserias de la educación superior en España pero sin perder un tono esencialmente autobiográfico. <regresar>

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Autor

Xavier MONTAGUD MAYOR es sociologo por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en trabajo social por la Universidad de Valencia. Sus líneas de investigación son: política social, servicios sociales, infancia en riesgo y aplicación de metodologías de investigación narrativa en dichos campos. Profesor asociado de trabajo social y servicios sociales en la Universidad de Valencia (UV).

Contacto:

Xavier Montagud Mayor

Departamento de Trabajo Social y Servicios Sociales
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Tel.: 034 963828500
Fax: 034 963828501

E-mail: javier.montagud@uv.es

Cita

Montagud Mayor, Xavier (2016). Analítica o evocadora: el debate olvidado de la autoetnografía [53 párrafos]. Forum Qualitative Sozialforschung / Forum: Qualitative Social Research, 17(3), Art. 12,
http://nbn-resolving.de/urn:nbn:de:0114-fqs1603124.



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